jueves, 25 de septiembre de 2014

EL LIBRO DE TOBÍAS
"GUÍA DEL VIAJERO PARA LA VIDA"
Capítulo 5.- El Compañero


Comencemos comentando el título de “el compañero” de esta quinta sección narrativa del Libro de Tobías: Si esta obra trata de un viaje, de un itinerario,  de la acción de la Providencia de Dios en nuestras vidas, ya sea en lo torcido o derecho de nuestros renglones… no cabe duda de que en este caminar de la vida –como nos recuerda el Génesis- “no es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2,18), lo que vale para la aventura de la vida en pareja, en el caso de los matrimonios y de las familias, o en el caso de la vida religiosa (con los hermanos y las hermanas de comunidad, o la fraternidad sacerdotal que conforman los sacerdotes diocesanos), o de nuestros amigos para cualquiera de nosotros, pues el hombre, como bien advertía ARISTÓTELES es “un ser social por naturaleza”, con la salvedad –con la ayuda de la gracia- de aquellos que se sientan llamados a la vida solitaria (pensemos, por ejemplo, en los ermitaños y eremitas).

Y en este camino de la vida, de mi vida, bajando al caso concreto, tengo muy claro quien ha establecido el Señor que sea “mi compañero”, esa persona puesta a mi lado para protegerme, guiarme, ampararme (lo mismo que el arcángel Rafael a Tobías) en el camino de la vida… En este peregrinar mundano con tantos errores, tanto sufrimiento, tanta sequedad, tantas equivocaciones y tanta falta de madurez por mi parte, hay algo en lo que estoy cierto y no me equivoco: en mi compañero de viaje.

Nos dice la Biblia que cuando David y Jonatán se conocieron “el alma de David se apegó a la de Jonatán y lo amó como a sí mismo” (1 Samuel 18,1), una amistad tan infranqueable, imperecedera y a prueba de todo porque no estaba fundada en un sentimiento humano, como bien nos dice la escritura más adelante “en cuanto a la palabra que tú y yo nos tenemos dada, el Señor está siempre entre los dos” (1 Samuel 20,23) y es lo mismo que puedo decir yo, pues solamente el Señor hizo que nos conociéramos, y que poniendo al Señor en medio nos pusiéramos en camino sin saber muy bien dónde está la meta (algo así como la problemática que hay en esta sección narrativa acerca de dónde leches queda la ciudad de Madia) y bien que podríamos preguntarnos, ya puestos: Señor, ¿cuál es nuestra Madia, cuál es nuestro destino?

Me resulta harto curioso que sin haber leído nunca en profundidad antes el Libro de Tobías, acaso ya conocía de antes por encima el argumento, el Señor vaya lanzando, a lo largo de toda la narración, dardos certeros sobre mi vida y su devenir hasta ahora, es como si, versículo a versículo, el Señor me fuera cantando aquello de Sergio Dalma: “Sólo para ti, directo al corazón, te mando este misil hecho canción, sólo para ti, que me das fuerzas cada día…”. Dice esta sección narrativa que “ni él me conoce a mí, ni yo le conozco a él” (Tobías 5,2), saber el uno del otro, de la misma inquietud, de la misma búsqueda, de la misma desazón, siempre cercanos y siempre esquivos, cerca de dos años sabiendo el uno noticias del otro sin conocernos, y así podía haber seguido siendo, pero el encuentro se produjo (no importa que haya sido por la Providencia divina, o por la Providencia ayudada por mano humana) pero desde ese mismo momento “el alma del uno quedó apegada a la del otro(cfr 1 Samuel 18,1) y siempre con el Señor como centro de nuestras vidas (cfr 1 Samuel 20,23), y aún en los peores momentos, cuando menos hemos visto, o entendido, o discernido a duras penas, aún el Señor se encarga de recordarnos una y otra vez por qué nos conocimos, por quién nos conocimos y para qué nos conocimos: “Mis niños mimados han recorrido caminos ásperos, arrebatados como un rebaño en manos del enemigo, y cuando decidáis alejaros de Dios, regresad a él con renovados esfuerzos” (Baruc 4, 26-28) y para “mayor inri” –como se dice en Andalucía- tampoco se ha equivocado la escritura en lo que se refiere al cómputo del tiempo, pues no menos cierto es que “va ya para veinte años” (Tobías 5,3).


En alguna de las biografías de San Francisco de Asís se dice que al principio “pedía al Señor que le regalara hermanos”, puedo afirmar en este caso como hace orgulloso Tobías ante su padre (Tobías 5,9) o como hace Jonatán frente al suyo (cfr 1 Samuel 20,30) y sin miedo a equivocarme que también yo en este camino de la vida he encontrado “un compañero (…) un hermano nuestro”. Desde entonces seguimos recorriendo esos caminos ásperos de los que habla el profeta, en esto la historia no ha cambiado mucho, puede que algún día, no sin cierto cansancio y desgaste el Señor se digne decirnos “dónde coño queda Madia” ¡si es que hay una meta, un destino, una razón de ser para todo esto…!, mientras tanto bien podemos decir, con Tobit: “ponte en camino con él y no abrigues ningún temor, sanos partís y sanos regresaréis, porque la ruta es segura” (Tobías 5,17-5,21)