viernes, 19 de septiembre de 2014

EL LIBRO DE TOBÍAS
"GUÍA DEL VIAJERO PARA LA VIDA"
Capítulo I.- El Deportado

Una bella biografía de una persona buena, TOBIT, él mismo dice de sí: “Yo, Tobit, he andado por caminos de justicia y de verdad todos los días de mi vida” (Tobías 1,3), lo que debería ser la meta y el ideal de todas las personas, hasta del mismo Señor el apóstol PEDRO hace la misma síntesis de su biografía “ungido por el Espíritu Santo, Jesús de Nazaret, pasó haciendo el bien” (Hechos 10,38), es verdad, sinceramente lo creo, que de mí, honestamente, se puede decir lo mismo, quiero decir que en el cómputo global de mi vida he intentado ser una persona buena, no como esos que dicen “yo soy bueno, no he matado, no he robado” pues tengo mis defectos y, en ellos, mi pecado, pero nunca creo que haya intentado hacer daño a nadie a propósito, y cundo lo he intentado, me ha salido más bien al revés, que esto también es justo confesarlo y reconocerlo.

Ser bueno y optimista "a prueba de bombas" es algo que también es harto dificultoso y trae consigo gran cantidad de problemas, al propio TOBIT se los trajeron pese a todas sus buenas obras (Tobías 1,6-8) y su fidelidad al Señor, durante la deportación (Tobías 1,10) suscita las envidias de sus convecinos (Tobías 1,19) y todo ello le sume en la desgracia. Yo también he escuchado los reproches de mis allegados, desde mi madre, intentando desde pequeño compensar tanta bondad, por decirlo de alguna manera, con su célebre refranillo de que “el Señor dijo que fuéramos hermanos, no primos”, hasta quien me hace constantes llamamientos a que espabile, a que salga de lo que llaman “mi burbuja color de rosa”, que me enfrente con la realidad, y en el trabajo he tenido que escuchar sandeces, a modo de regañina, de mis jefes y superiores, del estilo como que “no se puede tolerar que vengas tan contento a trabajar los lunes”, o que esté siempre de buen humor, o “que me conozca la vida y las necesidades de todos mis compañeros”, pero como le dije a mi jefe un día, harto de tantas sandeces: “Si es que todo ello fuera malo, o un defecto de mi carácter, el árbol se corrige en su juventud, no cuando ya está torcido en su madurez”, sinceramente creo que yo soy así y que es muy tarde para corregirme, insisto, si es que lo anterior fuera malo.

Hace poco nos enteramos de la noticia del suicidio del célebre actor de comedia ROBIN WILLIAMS, nadie se explicaba un final de esta naturaleza  para alguien que consagró su carrera profesional a hacer papeles cómicos, de grandes luchadores, de hombres con grandes ideales… “No merecía un final así” era el comentario más extendido, aunque yo sí que lo entendí pensando un poco en el llamado “SÍNDROME DEL PAYASO TRISTE”: Cuando sabemos o conocemos de alguien optimista o alegre en nuestro entorno, el típico payaso del grupo de amigos, o bufón en todo, ¿quién le pregunta cómo se encuentra? ¿quién se interesa por él, no sea que “la procesión vaya por dentro”? ¿quién cree que el payaso no tiene derecho a estar triste como todos los demás? Y eso provoca tal soledad y grado de estrés, pese a tener que seguir “representando el papel de payaso”, que hace que uno se pueda ver forzado a seguir siendo, de cara a los demás, “un hombre orquesta” por más que, por dentro, llore el corazón, ese es el llamado “Síndrome del Payaso Triste” al que deberían prestar atención todos aquellos que tengan cerca de sí a uno de estos graciosos, buenos, optimistas natos, no sea que la presión se les escape de la peor manera.

Toda la primera sección narrativa del “LIBRO DE TOBÍAS”, al menos en la Biblia de Jerusalén, recibe el título genérico de “el deportado”, lo que me hace gracia si pensamos en la deportación como al hecho de “ser llevado a una tierra extraña en contra de tu voluntad”, en este caso también yo puedo afirmar que “soy un experto en deportaciones”, porque de mí también se puede decir aquello de que soy una especie de “arameo errante(Deuteronomio 26,5).

Ciertamente, como TOBIT, hice mucho bien en los días que estaba "en mi tierra", llamémosla así, a ciertas etapas de mi vida, al capítulo de mi juventud… hasta que tuve que ser deportado: Si por "tierra prometida" hemos de entender “el suelo donde ser plantado para dar mis mejores frutos al Señor(Salmo 1,3) no cabe duda de que he sido una semilla muy pizpireta, mucho más que las de la parábola del sembrador del Evangelio, porque mi problema no suele ser de arraigo, sino de suelo ¡y vive Dios que he conocido multitud de solares! Dicen que ha habido granos de trigo, de las ofrendas depositadas en las tumbas egipcias, que miles de años después, al ponerse en las condiciones oportunas han germinado ¡después de miles de años manteniendo latente la vida! en este sentido bien se cumple la escritura al afirmar que “en tu presencia, Señor, mil días son como un ayer que pasó” pero mucho me temo que yo ya no dispongo de mucho tiempo. Si pensamos en mis cuarenta años (sobre una esperanza de vida de ochenta) como “el ecuador de la vida” de una persona ahora entiendo eso que llaman “la crisis de los cuarenta años”, porque me doy cuenta de que me interrogo más a menudo sobre el sentido de mi vida, sobre lo que dejaré detrás de mí cuando abandone este mundo, si mi paso por la tierra no servirá de nada, qué talentos desarrollé y cuáles otros malogré, y es algo que, cuando poco, inquieta y desasosiega.


En una ocasión, en este ir dando tumbos por la vida, siguiendo con la imagen de la semilla saltarina, en otro suelo que parecía definitivo el Señor me dio -en la oración personal- una palabra de consuelo “ya no te llamarán Gerson, peregrino en tierra extraña (Éxodo 2,22), te llamaré Amson, porque serás peregrino en tu propia tierra”, quiero entender que éste es mi problema, no querer encontrar tanto “un suelo definitivo” sino dar lo mejor de mí en cada circunstancia –como TOBIT durante su destierro que siguió siendo tan bueno y piadoso como lo era en su propia tierra- aunque no por ello me mosquea menos la idea de ser “peregrino” como si tuviera que seguir yendo de tierra en tierra, porque ya he estado en muchas, porque en todas ellas me he dejado la vida rota hecha jirones y porque -¿por qué no reconocerlo?- estoy ya cansado, muy cansado, de intentarlo de nuevo, de seguir "haciéndole el juego" al Señor, ya no soy joven, y aunque soy consciente de que ello no es excusa, pues pienso en ABRAHÁN, que era mucho más anciano al ponerse en camino, o pienso en San JUAN DE DIOS, que no se puso a buscar en serio la voluntad del Señor hasta rondar, más o menos, los cuarenta años, y entonces descubro mi pequeñez, mis miedos, mi falta de respuesta, y claro, me agobio y me atenazo mucho más.