domingo, 24 de agosto de 2014

LAS LÁGRIMAS EN LA VIDA ESPIRITUAL

Ante la terrible situación de nuestros hermanos cristianos en IRAK, y ante la dureza de las imágenes que todos hemos visto en las redes sociales y en los medios de comunicación, quiero compartiros parte de un libro, escrito por el difunto Papa SHENOUDA III, de la Iglesia Copta Egipcia, titulado "LAS LÁGRIMAS EN LA VIDA ESPIRITUAL" en la que hace un recorrido por las lágrimas y el llanto, en los diversos momentos de la vida del creyente... Y es que, ante todos los sentimientos que venimos compartiendo, viviendo y experimentando en los últimos días, bien podemos, ante la situación de nuestros hermanos cristianos perseguidos, en IRAK, y en cualquier otra parte del mundo, dolernos con la palabras de JEREMÍAS "Cómo me duele la herida de la doncella de mi pueblo"... Quizás las palabras de SHENOUDA III, que tuvo que enfrentar muchas veces, en EGIPTO, la persecución de su pueblo y de sus fieles, nos ayuden sino a comprender, al menos a desahogar nuestro dolor y nuestra pena:

LAS LÁGRIMAS DE LA ORACIÓN.

Cualquier persona puede llorar en sus oraciones, porque es en la oración donde mejor buceamos en la profundidad de nuestros sentimientos y de nuestro corazón. Se llora en la oración por el temor reverencial de encontrarnos en la presencia de Dios. Se llora igualmente en la Iglesia, o al recibir la sagrada comunión porque somos conscientes de que estamos en la presencia de quien nos supera. Se llora en la oración porque se nos muestra que nuestros pecados ofenden a un Padre bueno que nos acoge una y otra vez. Se llora en la oración porque sus propias palabras, fruto del tesoro y de la liturgia de la Iglesia, si se saborean con atención, pueden tocar toda nuestra sensibilidad y emotividad, por eso muchos de nuestros sacerdotes (de la Iglesia copta) lloran en la recitación de la oración del “Sacrificio de ISAAC” durante los ritos del Miércoles Santo.

Se llora por no ser capaces de cumplir todo aquello que hemos prometido al Señor en un rato de oración sincera. Se llora por nuestra propia debilidad en mantener nuestros buenos propósitos. Por eso, en nuestra liturgia de las horas, en la recitación de la oración de la medianoche, decimos: “Danos, Señor, una fuente de lágrimas, como se la diste en el pasado a la mujer pecadora que enjuagó tus pies con sus propias lágrimas”. Los sentimientos de cada persona en la oración pueden ser diferentes, pero una cosa es cierta, si se toca el corazón, los ojos lloran.

LAS LÁGRIMAS DE IMPOTENCIA.

El que siente su poder y su capacidad de dominar todas las situaciones y todos los contratiempos, difícilmente llorará con estos sentimientos.

Sin embargo, aquellos que reconocen su impotencia y su debilidad, ante determinados contratiempos de la vida, son por el contrario los que tienen la capacidad de llorar. Cuando lloramos por los contratiempos que no podemos afrontar, nos damos cuenta de que lo único que hacemos es llorar. Y es en este preciso momento cuando reconocemos que necesitamos el auxilio del que todo lo puede. Lloramos de la misma manera cuando ante un enfermo los médicos nos dicen que nada se puede hacer. O lloramos de la misma manera cuando nos damos cuenta de que un pecado, un mal hábito del pasado o una carga que no podemos llevar nos esclaviza sin que podamos hacer nada por liberarnos de ella. O lloramos también cuando un enemigo nos cerca y ataca de tal manera que creemos no sólo que no podemos defendernos por nosotros mismos, sino que, además, nadie vendrá a defendernos.

Este sentimiento de impotencia hace que broten espontáneamente en nosotros las lágrimas. Y estas lágrimas se acrecientan aún más si, como consecuencia de todo ello, encima deducimos que estamos solos y nos sobrevienen el sentimiento de abandono. Este abandono no se refiere al que experimentamos cuando nuestros familiares o amigos nos decepcionan, cuando atravesamos nuestros peores momentos, sean de la naturaleza que sean, sino que se extiende a Dios mismo, cuando creemos que su gracia y auxilio también nos ha abandonado. Este sentimiento de que Dios nos abandona, por muy errado que esté, efectivamente existe en nosotros cuando atravesamos una mala racha, y nos añade aún mayor dolor.

LAS LÁGRIMAS POR EL TRIUNFO DE NUESTROS ENEMIGOS.

Como dijo el poeta: “Todos los males de la juventud pasan y se olvidan, salvo el triunfo de nuestros enemigos” Regodearse por la desgracia ajena es algo que debería causarnos dolor, ya sea el regodeo de nuestros enemigos o el de nuestros amigos bienintencionados, como le sucedía a JOB con sus amigos: “He oído ya mil discursos semejantes, todos sois unos consoladores inoportunos.” (Job 16, 2).

El rey DAVID se refirió a este sentimiento en numerosas ocasiones en sus salmos: “En ti confío, no quede defraudado, no triunfen de mí mis enemigos.” (Salmo 25,2) y “¿Hasta cuándo, Señor, los malvados, hasta cuándo triunfarán los malvados?” (Salmo 94,3).

Y es el mismo sentimiento que impulsa a MIQUEAS a decir sobre sus enemigos: “No cantes victoria, mi enemiga: si caí, me levantaré; si me siento en tinieblas, el Señor es mi luz.” (Miqueas 7, 8).


Si el triunfo del mal continúa en nuestras vidas, entonces el corazón sangra y los ojos lloran, porque no entendemos cómo se encumbran nuestros enemigos, especialmente los santos, a los que tantos malvados les echaron en cara diciendo: “¿Dónde está tu Dios?”