domingo, 3 de agosto de 2014

DESCENSO DEL MONTE CARMELO

Seguimos con nuestro descenso del MONTE CARMELO, por donde nos quedábamos el otro día, afrontando la cuesta abajo de la realidad:

b)   La cuesta abajo de la realidad.

Si San JUAN DE LA CRUZ en su "Subida al Monte Carmelo" nos proponía ascender mediante la ayuda de la "secreta escala de la fe", para aquellos que han de iniciar este camino descendente les proponemos la "cuesta abajo de la realidad", que no será una noche oscura de la razón, sino una auténtica luz que quizás los saque de su ceguera:

Si crees que el amor de Dios sin Dios te da paz,
la realidad te la habrá de quitar.
Si crees que el amor de Dios sin Dios te da gozo,
la realidad te lo habrá de quitar.
Si crees que el amor de Dios sin Dios te da alegría,
la realidad te la habrá de quitar.
Si crees que el amor de Dios sin Dios te da deleite,
la realidad te lo habrá de quitar.
Si crees que el amor de Dios sin Dios te da sabiduría,
la realidad te la habrá de quitar.
Si crees que el amor de Dios sin Dios te da justicia,
la realidad te la habrá de quitar.
Si crees que el amor de Dios sin Dios te da fortaleza,
la realidad te la habrá de quitar.
Si crees que el amor de Dios sin Dios te da caridad,
la realidad te la habrá de quitar.
Si crees que el amor de Dios sin Dios te da piedad,
la realidad te la habrá de quitar.

Esta es la "cuesta abajo de la realidad", que por ser cuesta y ser hacia abajo, además de implacablemente real, se nos antoja mucho más dura y dificultosa pues, cuesta abajo, el riesgo de caer es mayor.

b.1) Si crees que el amor de Dios sin Dios te da paz, la realidad te la habrá de quitar.

Quienes se deleitan en el amor de Dios sin Dios creen haber conseguido ilusoriamente el efecto de la paz. En efecto, como consecuencia de su falsa percepción del amor de Dios, algunos creen haber alcanzado la paz, entendida como toda ausencia de conflicto en cualquier frente de sus vidas. Durante bastante tiempo, algunos toda su vida, se sumergen en una especie de nirvana con el convencimiento pleno de que nada les va a alterar, en una utopía tal en la que hay una ausencia absoluta de cualquier tipo de desazón. Tan convencidos están de que esto es así que tamizan cualquier disturbio al que tengan que enfrentarse (en la familia, en el trabajo, con su pareja, con los amigos, etc, etc...) desde esta falsa percepción de la paz y, casi siempre, indefectiblemente, llegan ante estas situaciones a la misma conclusión: El disturbio lo han causado los demás, Dios me ama, a mí nada me va a perturbar, de esta forma llegan a lo que en psicología se llama "proyección", es decir, echar a los demás siempre la culpa de lo que se niega (es decir, que la fuente de los conflictos está en ellos), cuando al contrario, es precisamente su estado de "catatonia emocional" la que exaspera y desespera a los de su entorno.
        
Pero la realidad, tarde o temprano, termina por imponerse porque ¿quién no conoce un año sin nubarrones en el horizonte? Tarde o temprano surgirá, en cualquiera de sus ámbitos, aparecerá un conflicto o una turbación que terminará por revelar la falsa seguridad de un sentimiento de paz tan quebradizo y entonces vendrá la gran explosión: ¿Por qué todos se empeñan en destruir la paz en la que me hallo? y el conflicto con el resto de la gente se hace inevitable, y a veces, hasta violento. Entonces sobrevendrá el fracaso y la decepción: ¿Por qué he perdido la paz si Dios me ama? Respuesta: Porque la paz y la guerra se necesitan, porque el conflicto genera el diálogo y la comprensión, la empatía, el descubrimiento de la posición y la postura del otro, el autoconocimiento y el perdón, y tú, en tu falsa paz, estabas a punto de aislarte de todos y de todo, perdiendo todas estas posibilidades de crecimiento y maduración espiritual en pro de una falsa paz sólo por ti sustentada.

b.2) Si crees que el amor de Dios sin Dios te da el gozo (alegría), la realidad te los habrá de quitar.

Para muchas personas que experimentan, como regalo y don de Dios, no como fruto de un esfuerzo personal de perfección y superación que da la subida al MONTE CARMELO, el amor de Dios, el primer sentimiento que les embarga es el gozo y la alegría, sentimientos que son legítimos, pues nos alegramos y nos gozamos en sabernos amados por Dios:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.

Pero que, al mismo tiempo, constituyen uno de los sentimientos radicalmente más peligrosos y nocivos, prácticamente los únicos ingredientes de la "mermelada de fresa" que venimos denunciando, de cuantos pueden experimentar aquellos que se deleitan en el amor de Dios sin Dios.

La razón es que el amor es una acción (Dios que nos ama) y no un estado (amor a secas), y se corre el riesgo de absolutizarlo, pretendiendo reducirlo tan sólo a un estado, y un estar permanente. La alegría y el gozo son los efectos que ha de causarnos el sabernos amados, evidentemente ser amados supone serlo por alguien, en nuestro caso Dios, que es el amor por excelencia; pero si los efectos necesitan una causa (el amor de Dios), la causa necesita un agente (Dios), ahora bien, lo que no se puede pretender es disfrutar del efecto sin tener en cuenta ni a la causa. ni al agente, y pretender que el efecto se siga produciendo.

Quienes hacen esto están abocados a la perdición, han gustado tanto el gozo y la alegría que se suman en un aletargamiento (casi adictivo) de estas placenteras sensaciones y se encadenan a ellas, pronto olvidan que Dios es quien les ama, y que este amor es personal, recíproco, comunicativo, y por tanto, no exento de corrección, consejo, advertencia, celos, fidelidad, etc, etc... Recordamos lo que decía una vez más, San JUAN DE LA CRUZ:

En los amantes perfectos
esta ley se requería,
que se hicieran semejantes,
el amante a quien quería.

Y de nuevo la realidad se impone con toda su crudeza ya que, quien hace absoluto el efecto olvida al agente, y Dios es un amante muy celoso, y el celo de Dios es excluyente; en efecto, amar otra cosa (en este caso la alegría o el gozo por sí mismos) sería tenerle a Él en poco, y vendrán los momentos de duda:

¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?

Vendrán los momentos de muerte, de dolor, de amargura, de enfermedad....

Misericordia, Señor, que me refugio en ti.

Vendrán los momentos de rebeldía, enfados, desencuentros, y en suma todas las tensiones que se suponen son propias de una relación amorosa y personal con alguien, amén de las propias frustraciones y desengaños de la vida, o la herida mortal de la muerte y la enfermedad y, para todos aquellos que seguían atrapados en el amor de Dios sin Dios el abismo se abrirá a sus pies, engulléndolos en la amargura, el resentimiento, la soledad o la incomprensión: ¿Por qué me sucede todo esto a mí si Dios me ama? Respuesta: Porque el amor de Dios incluye todo lo que nos pasa y no entendemos, el amor descubre la fuerza transformadora de todo cuanto nos acontece, lo mismo que la abeja saca miel do quiera que liba. Para quien vivía en este falso marco de alegría y gozo artificiosos, el más mínimo contratiempo –si no es capaz de descubrir lo anterior- le hace caer en la pena más angustiosa y en la depresión más grande, llegando a creer- con auténtico convencimiento, igualmente falso- que Dios no los ama, que los ha abandonado definitivamente, y se quejan por ello, como por ejemplo el Pastorcico:

Y dice el pastorcico: “¡Ay, desdichado,
de aquel que de mi amor ha hecho ausencia,
y no quiere gozar la mi presencia,
y el pecho por su amor muy lastimado!”

Lo que hemos dicho de la alegría vale también para el deleite y la falta de angustia, que son otros frutos que San JUAN DE LA CRUZ coloca en la cumbre del MONTE CARMELO.

b.3) Si crees que el amor de Dios sin Dios te da sabiduría, la realidad te la habrá de quitar.

Quienes experimentan el amor de Dios sin Dios creen también erróneamente que se encuentran en posesión de otro de sus efectos: la sabiduría. En todas aquellas cuestiones en las que sea preciso un argumento, un consejo, una palabra de sabiduría o un razonamiento siempre tendrán la palabra adecuada, el concepto cierto y la opinión fundada ¿por qué? Porque su razonamiento es tan simple como éste: Si Dios me ama es porque tengo razón, vuestra postura es falsa porque Dios me ama a mí y no a vosotros.
        
La sintomatología de quienes creen estar en posesión de la sabiduría como efecto automático del amor de Dios sin Dios es amplia y variada:

a) Verdaderamente están convencidos de ser sabios, olvidando que la sabiduría de Dios, la verdadera sabiduría es la de la cruz, como diría el propio San JUAN DE LA CRUZ: la verdadera scienza es la del amor; por eso imponen su criterio sin tener en cuenta que con ella pueden humillar, masacrar o herir al que se encuentra enfrente de ellos; al contrario, ellos mismos descubren su ignorancia.

b) Todos ellos padecen de fileneikosis (esto es, el gusto por la polémica estéril, en la que, además, han de tener razón). No importa que no haya nada que discutir, o que su opinión no haya sido solicitada, ellos siempre encuentran  la hebra de la que tirar para sembrar cizaña y, una vez encendida la polémica, hacer acto de presencia ofreciendo la palabra sabia que calme los ánimos.

c) Se toman muy en serio eso que dice San JUAN DE LA CRUZ de que en la cima del MONTE CARMELO ya no hay caminos porque el justo es para sí mismo la Ley, con lo que, evidentemente, dado que Dios los ama y han alcanzado sabiduría por ello, es inútil cualquier ley, norma o directriz que se les quiera imponer: De esta forma se muestran poco sumisos a la autoridad del grupo de oración, de la comunidad a la que pertenecen y, lo que es aún peor, de la misma autoridad de la Iglesia, especialmente en lo que no admite discusión, o en la prudencia de sus pastores (especialmente el que le es más cercano, como pueda ser su párroco) porque creen a ciencia cierta que ellos tienen un plus de conocimiento que el resto del Pueblo de Dios no tiene. Ellos mismos por su excelsa elevación se excluyen de dicho pueblo de Dios.

d) Finalmente la profecía y la palabra son sus dones o carismas por excelencia, amén de la ciencia y el consejo, y jamás de los jamases reconocerán no tener razón en algo porque, si Dios los ama, es sin duda alguna por los dones que orlan su persona en comparación con el resto de los bautizados. Con ello niegan la humildad necesaria para vaciarse de sí y permitir que Dios los llene con su presencia y con los mencionados dones y carismas de verdad.

En todos estos casos, especialmente en los más graves, no hace falta que la realidad se imponga para hacerlos caer de lo alto, ni importa cuáles sean los criterios, o las personas (de mayor dignidad o estudio) o autoridades de la Iglesia que intenten demostrarles lo erróneo de sus afirmaciones porque, ellos siempre, indefectiblemente, tendrán la razón... Para ellos, desgraciadamente, sólo cabe la solución de la piedra de molino...

b.4) Si crees que el amor de Dios sin Dios te da caridad o piedad, la realidad te los habrá de quitar.

No cabe duda de que la experiencia del amor de Dios (sea dada como don o regalo, o sea fruto del tesón y el camino de renuncias de los que vienen escalando al modo de San JUAN DE LA CRUZ) es un bien, pues con ello descubrimos a Dios, el bien absoluto al que tendemos, como la brújula a su norte: Nuestro corazón está inquieto y no tendrá paz hasta que descanse en ti –según San AGUSTÍN-, con lo que, evidentemente, serán buenas todas las cosas que nos acerquen más a Él, especialmente los mandamientos, la religión y las buenas costumbres. Este es un razonamiento impecable en sí mismo, por tanto conocido de sobra, sin embargo –como acertadamente señala San JUAN DE LA CRUZ- en todo ello se oculta, y citamos literalmente a JOSÉ BIEDMA LÓPEZ: Lo que más fácil y sutilmente impide el camino espiritual: El amor de sí mismo; el amor propio. Amor propio que S. Juan de la Cruz define como buscarse a sí mismo en los regalos y sensaciones de Dios, en vez de buscar a Dios mismo: la apoteosis del egoísta, el vicio del fariseo que pervierte la relación con Dios. Esta es la religión opio del simple y consuelo del que goza y se estima en sus obras, de tal modo que más son en su alma la humildad y el fervor como falsos y puestos por el demonio “Donde hay amor de Dios no hay amor de uno mismo” –dice San Juan de la Cruz.


Estas son, en efecto, la piedad y la caridad de quien ha encontrado el amor de Dios y se ha deleitado en este descubrimiento alejando a Dios a un lado; quienes se deleitan en esta falsa piedad y en esta falsa caridad pronto se descubrirán a sí mismos orando de la misma manera que el fariseo del Evangelio; para ellos no cabe más solución que una gran cura de humildad a la que la realidad de las cosas puede colaborar con cualquier acontecimiento que los derribe del pedestal en que se hallan situados.

b.5) Si crees que el amor de Dios sin Dios te da justicia, la realidad te la habrá de quitar.

Hemos dejado la justicia como el último peldaño de la cuesta abajo de la realidad porque, llegados a este punto, se llega a la falda de este MONTE CARMELO que venimos descendiendo y que hemos llamado ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él?, ya que la justicia es de todas las virtudes, sin duda alguna, la más humana. Los antiguos egipcios llamaban a su diosa de la justicia MAAT cuyo nombre viene de la voz egipcia "maa" (que significa lo verdadero), mientras que nosotros hemos adoptado la figura de la justicia romana (una mujer con los ojos vendados, para ser imparcial, que sostienen en sus manos una balanza), ya que en el equilibrio reside la "equitas", la equidad del derecho romano, consistente en dar a cada cual lo suyo. Y este es, en el mismo sentido de la justicia, la verdad y lo humano de quienes han quedado atrapados en el amor de Dios sin Dios, porque permanecen igualmente ciegos ante las situaciones de injusticia que se ciernen sobre el hombre, creyendo que la justicia consiste tan sólo en ser ciegos e imparciales, olvidando que, en algunos casos, por no decir siempre, es necesario que el hombre colabore activamente para hacer que la verdad pese más en el platillo de la balanza que verdaderamente sea necesario.

He aquí un ejemplo dramático de lo que estamos exponiendo: A una persona a la que se le hizo saber que un familiar suyo atravesaba un auténtico problema de alcoholismo, al preguntársele sobre las medidas que, humanamente, pensaba adoptar al respecto, su respuesta fue: Nada, ya verá Dios cuando es el momento oportuno de sanarla... ¿Cabe respuesta y actitud más irresponsable e inmadura? ¿Cabe mayor tentación al poder de Dios? ¿Acaso no es de una osadía infinita el no poner medios humanos para resolver un determinado problema, para los que se nos ha dado conocimiento y medios, en la espera de que Dios va a actuar en lo creado por nosotros? Sin embargo, quienes así argumentan no comprenden que Dios no va a interferir absolutamente en nada para curar un catarro si la ciencia y la inteligencia humanas han permitido descubrir el jarabe.

Pero como en todos los pasos de esta cuesta abajo de la realidad es imposible que esta actitud se mantenga indefinidamente porque, tarde o temprano, la realidad se impondrá cuando ya, tristemente, sea demasiado tarde. Este inmovilismo para actuar a favor de las situaciones de injusticia o de cualquiera de los males que acechan al hombre, no se debe sólo a esta falsa concepción del amor de Dios sin Dios, sino al mal que aqueja a quienes lo padecen: Su total y absoluto desprecio por todo lo humano y mundano. Por eso se imponía este descenso a la realidad, para llegar a la falda de este MONTE CARMELO que venimos bajando, para que en este sentido descendente sepan descubrir todo el sentido y grandeza del HOMBRE.