sábado, 5 de julio de 2014

#MiSacerdocioComún


Hace un par de días, como era la fiesta de Santo TOMÁS, apóstol, al hilo de la célebre frase del Evangelio (Jn 20,24-29) de su fiesta: “Tomás respondió: "¡Señor mío y Dios mío!" alguien compartió, en las redes sociales, un pensamiento algo así: “No puedes decir que crees en Jesucristo, hasta que, como Tomás, seas capaz de decir: ¡Señor mío y Dios mío!” a lo que yo respondí que “fue mi abuelo el que me enseñó la costumbre de decir esas palabras en el momento de la consagración, al alzarse el pan y el vino”, a raíz de este comentario otras personas compartieron que a ellos se los enseñó “un compañero del seminario”, “una catequista”, “una religiosa a la que quiero mucho”, suscitándose toda una serie de testimonios acerca de quién nos había enseñado dicha, y bella, costumbre.

Avanzando en el tema, compartí que otro momento muy especial para mí, en la celebración eucarística era el “non sum dignus” que pronunciamos inmediatamente antes de comulgar “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”, ya que en ese momento, es cuando me acuerdo de todo lo que no hago por mis hermanos, de todo lo que no rezo por mis hermanos, de todo cuánto más podía haber hecho u orado por ellos, y añado, inmediatamente después, una especie de oración por ello, que es la siguiente: 

“Señor, no soy digno 
de servirte en mis hermanos, 
pobre auxilio y garante 
puedo ser para ellos, 
si mi oración y mi trabajo 
no son suficientes”.

Y también compartí que, en la fila para comulgar, conforme me voy acercando, siempre vienen a mi mente, quizás como la última de las oraciones preparatorias a la comunión, las palabras de la hemorroísa, abriéndose paso entre la multitud, hacia el Señor: 


“Si al menos rozare su manto, quedaré sanado”...

...en clara alusión a la comunión a la que me acerco, a la necesidad de ser sanado de tantas cosas, incluido el pecado, o como ha dicho el Papa FRANCISCO, en su exhortación apostólica EVANGELIUM GAUDII “La Eucaristía no es el premio de los perfectos, sino remedio de los pecadores”.

Y entonces alguien sugirió, en las redes sociales, que era curioso comprobar como otras personas, durante la celebración de la Eucaristía, al margen de la liturgia y la rúbrica oficial, la verdadera y aprobada para toda la Iglesia Universal (esto es algo incuestionable, creo que se entiende), tiene esa serie de pequeños gestos, oraciones privadas u otras costumbres que le ayudan a personalizar, a celebrar, a entrar mejor en la celebración eucarística, y creo recordar, que preguntaba a qué se debía esto.

Por el bautismo hemos sido consagrados como sacerdotes (podemos orar, celebrar, alabar…), reyes (en dignidad con Jesucristo) y profetas (para denunciar y acomodar la vida y la historia al Reino de Dios), así lo afirma por ejemplo la 1ª Carta de San PEDRO: “vosotros sois sacerdocio real” (1 Pe 2,9), y lo desarrolla, mucho tiempo después el Concilio VATICANO II “los fieles, en cambio, en virtud del sacerdocio real, participan en la oblación de la eucaristía, en la oración y acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante” (Lumen Gentium, nº 10), añadamos que, por el bautismo, igualmente somos hermanos, hijos de la Iglesia, como continúa San PEDRO diciendo en la carta ya mencionada “También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo” (1 Pe 2,5). 

Por lo tanto, participando y ejerciendo este sacerdocio real, sacerdocio común de todos los fieles, me atrevo a afirmar que son legítimas (en cuanto personales, en cuanto oraciones, en cuanto eucarísticas) estas pequeñas pinceladas de “realidad, vivencia, experiencia, devoción, celebración” que añadimos a la celebración, por ejemplo, de la Eucaristía y desde esta afirmación, no sé hasta qué punto osada (teólogos habrán que me corrijan, que lo mío es “conocimiento de andar por casa”), os invito a que compartáis, si queréis, en las mismas redes sociales en las que surgió esta reflexión, digamos con el hashtag #MiSacerdocioComún, qué momentos de la celebración eucarística, por ser el elemento central de nuestra vivencia de la fe comunitaria, sin embargo, haces tuyo personal y vivencialmente con alguna oración, gesto, actitud durante la celebración.