lunes, 14 de julio de 2014

LA CARTA DEL DOMINGO.- EL PROBLEMA JUDAIZANTE

Ayer introdujimos el tema de la existencia del único texto apócrifo conocido, según algunos estudiosos, de origen netamente hispano, la llamada "CARTA DEL DOMINGO", una especie de apología del Domingo y de la obligación de los cristianos de "guardarlo, respetarlo y celebrarlo", y su carácter apócrifo le viene de que esta carta, pretendidamente, habría bajado del cielo, directamente escrita por el mismo Jesucristo.

Ya vimos ayer que, por ejemplo, VICENTE, Obispo de IBIZA, creía "a pie juntillas" tanto el origen sobrenatural de la carta, como sus advertencias, hasta el punto de haberla leído públicamente desde la cátedra de su sede episcopal, mientras que el Obispo de CARTAGENA, LICINIANO, lanza duras críticas tanto contra la carta y su "contenido judaizante", como contra la credulidad de VICENTE.

Pero... ¿A qué contenido "judaizante" se refería LICINIANO? Pasemos a exponerlo brevemente, es el llamado "problema judaizante del Domingo":

Durante aquella época en la que convivieron, más o menos en paz, en los diversos territorios del imperio, el judaísmo y el cristianismo, sobretodo desde la diáspora del pueblo de Israel, tras la destrucción del Templo en el año 70 D.C., se produjo una superposición de costumbres religiosas judías y cristianas que, en ciertos ámbitos de especial permisividad y tolerancia, que hacían muy difícil las debida distinción de ambos ritos, y ambas costumbres, y entre ello destaca la superposición de dos fiestas claramente religiosas, la observancia del sábado judío y del domingo cristiano.

Todavía durante los Siglos IV y V la Iglesia se haya inmersa en una política de santificación del Domingo, intentando liberarlo de las connotaciones religiosas del “sabbath” judío. Los obispos insisten en la necesidad, por ejemplo, de que los fieles dediquen el Domingo a participar en la eucaristía y a orar con mayor intensidad, y aunque se promueve que sea un día de gozo y alegría, para oponerlo a la severidad judaizante y al ascetismo del sábado judío, no menos cierto es que, en sentido contrario, prohíben por ejemplo que en domingo los cristianos vayan a espectáculos del circo o de carreras de caballos. En algunos casos, la debida limitación entre lo judío y lo cristiano no está tan clara, así, las llamadas “Constituciones de los Apóstoles” (una especie de recopilación de unas pretendidas enseñanzas de los apóstoles, de gran predicamento en aquella época, obra de San Hipólito de Roma, año 215) advierten que “Que los fieles trabajen durante cinco días, pero que vayan a la iglesia el sábado y el día del Señor”. Algunos teólogos John Dwyer sostienen que, desde entonces, se extiende la idea en la cultura popular de la “semana laboral” de lunes a viernes, y el fin de semana, constituido por Sábado y Domingo.

Sea como fuere, esta confusión de fiestas religiosas entre los fieles, y lo arraigado que estaba la celebración del sábado judío en el acervo popular (piénsese, por ejemplo, en todos aquellos ciudadanos paganos o gentiles, que vivían en ciudades judías, y que de la misma manera debían adaptar su ritmo: ventas, comercio, negocios, descanso… al de los judíos que imperaban, por lo que también ellos descansaban o aminoraban su actividad en sábado), hizo que cierta “sabatización” se extendiese entre los propios fieles cristianos, en aquellos lugares en donde, durante esta época, había una estrecha convivencia de ambas culturas, especialmente en ESPAÑA y en FRANCIA, hasta el punto de que el llamado III CONCILIO DE ORLEANS Año 538 tuvo que poner cierto freno a esta observancia del Sábado por parte de los cristianos, contaminados por sus vecinos judíos, declarando entre sus cánones, por ejemplo, que las creencias populares como la de no bañarse, no trabajar con animales, o no limpiar la casa los Domingos, no eran sino errores tendentes a judaizar el Domingo como si de un “sabbath” judío se tratara:

Canon 29.- Se está extendiendo entre la gente la opinión de que no es correcto montar, o uncir las bestias, o cocinar los alimentos, o hacer algo para la casa, o por las personas en el domingo. Pero ya que tales opiniones son más judías que cristianas, que sea legal en el futuro no más que lo que viene siendo legal hasta ahora. Por otro parte el trabajo agrícola sí que debe dejarse a un lado, con el fin de que el pueblo no tenga impedimento para asistir a la iglesia.

En este contexto, no sólo ibicenco, como hemos visto, surge en el año 584 D.C. la polémica entre el Obispo de IBIZA, VICENTEy el de CARTAGENA, LCINIANO. Ya hemos visto con anterioridad que a LICINIANO lo que más le escandaliza de la actitud de VICENTEno es que, credúlamente, diga que la “Carta del Domingo” ha bajado del cielo, sino que lo que le horroriza, hasta llegar a imaginar que dicha carta haya sido incluso leída o fomentada desde la cátedra de su colega ibicenco, es el carácter judaizante de la misma, pues afirma que dicho texto “nos compele a la judaización” por la gran cantidad de cargas que impone a los cristianos para, pretendidamente, santificar el Domingo, de forma análoga a como los judíos lo hacían con su Sábado.

Hay que señalar, no obstante, que el episodio entre los obispos de CARTAGENA y de IBIZA, aunque sin llegar a estos extremos, se repetirían por doquier en la Hispania visigótica, tan permeable a la cultura judía, como intolerante lo fue con ella la reforma arriano-cristiana de los reinos y reyes posteriores. Aunque como norma general hemos de decir que “La Carta del Domingo” al menos venía en ayuda de los obispos en sus intentos de concienciar a los fieles sobre la observancia del domingo, del día del Señor, y ejemplos de ello podemos encontrar muchos:

Así, tanto en ESPAÑA, como en FRANCIA, abundan predicadores que auguran todo tipo de desgracias para quienes no observan la santidad del domingo como día del Señor, destaca San GREGORIO DE TOURS con sus predicaciones acerca del hombre que impuso a su buey el yugo en domingo y quedó paralizado, o la mujer que estaba preparando las verduras y el brazo se le secó, o aquellos otros que estaban trabajando y fueron cegados por una luz sobrecogedora. O por toda EUROPA se canta la gesta de los visigodos, expulsados de sus propiedades africanas (la ciudad de SEBTA Ceuta) precisamente por negarse a empuñar sus armas en Domingo (como, por cierto, hicieran los propios Macabeos contra los griegos en día de Sábado 1 Libro Macabeos 2,29-38).

No es de extrañar, a la luz de lo anterior, que la complejidad de relaciones políticas, sociales y religiosas establecidas entre las comunidades judías y cristianas, más o menos en paz y tolerantes entre sí, amén de las posturas más o menos ortodoxas en materia religiosa, hicieran que la difusión de “La Carta del Domingo” superara con creces nuestras fronteras (se puede rastrear incluso su presencia en IRLANDA, en el año 844 en una homilía, aunque en esta versión se dice que la carta “fue entregada del cielo a un peregrino irlandés en Jerusalén”), y que, en un plano mucho más teológico y eclesial, la consideración acerca del domingo, ni mucho menos estuviese zanjada.

Los intentos de cortar la difusión de la carta fueron en balde. El propio Papa san ZACARÍAS se vio obligado a destruir la copia existente en el VATICANO, en el año 745, aunque poco consiguió, salvo su mero gesto simbólico, pues el documento en poder del VATICANO no era más que una copia, de tantas que seguían circulando por toda la cristiandad. Los concilios celebrados durante los Siglos VI y VII tienen que seguir estableciendo cánones contra la rigorización de acento judío por el que algunos cristianos viven el Domingo, mientras que el propio Emperador CARLOMAGNO, en su primera codificación legal, bajo los auspicios del Papa ADRIANO, aún ha de establecer penas para los cristianos que descansen los sábados al modo judío.

La batalla entre el Sábado y el Domingo continuaba, hasta el punto en que el Papa URBANO II tuvo que decretar expresamente, para mantener el carácter sacro del Sábado sin detrimento del Domingo, y sin que fuese demasiado brusco y escandaloso para la tradición del pueblo que “el Sábado se consagre a la veneración, la honra y la alabanza de la Virgen María”, lo que fue posteriormente institucionalizado por el CONCILIO DE CLERMONT, en el año 1.095, por el que se establecía que “ese día se rezase el oficio de Santa María y que todos los pueblos de la cristiandad la venerasen en ese día”.

Corre el tiempo, y estamos ya en el año 1.201 y aún encontramos el testimonio, de un abad inglés, llamado EUSTAQUIO que –según su biografía- “regresaba de una peregrinación a tierra santa, de vuela a Inglaterra, predicando de ciudad en ciudad, y de plaza en plaza, prohibiendo a cualquier persona que fuera al mercado o que hiciera negocios en el día del Señor, porque, según él decía, era un mandamiento escrito que había recibido directamente del cielo, de parte del Señor”, una nueva referencia a “La Carta del Domingo”, cuyo ejemplar, o copia, en inglés aún se conserva, y que coincide punto por punto con el texto reproducido en este trabajo, aunque cambian las circunstancias de su descubrimiento, pues en el encabezado de la misma se lee:

This came from Heaven to Jerusalem, and was found upon the altar of Saint Simeon, in Golgotha, where Christ was crucified for the sins of the world. The Lord sent down this epistle, which was found upon the altar of Saint Simeon, and after looking upon which, three days and three nights, some men fell upon the earth, imploring mercy of God. And after the third hour, the patriarch arose, and Acharias, the archbishop, and they opened the scroll, and received the holy epistle from God. And when they had taken the same they found this writing therein.

Que la dicha carta vino del cielo a Jerusalén, y que fue depositada sobre el altar de San Simeón, en el Gólgota, donde Cristo fue crucificado por todos los pecados del mundo. Que el Señor envió esta carta sobre el altar de San Simeón, donde quedó suspendida por espacio de tres días y tres noches, y que los hombres, postrados en tierra, imploraban la misericordia del Señor. Hasta que a la tercera hora del tercer día, el patriarca pudo alcanzarla, y Azarías, el Arzobispo, pudo recibir la santa epístola de Dios y leerla, cuyo contenido es el que sigue.


Y es que, esta “sabatización” del Domingo, con unas prescripciones igual de severas que las del “shabbat” judío, alentada como se ha visto por las terribles amenazas lanzadas por “La Carta del Domingo” contra quienes violentasen la solemne sacralidad del Domingo, fue el precio que debió pagar la Iglesia, durante la Edad Media, para atraer a las grandes masas de judeo-conversos que se produjeron en ese periodo histórico, todo sea dicho de paso, no siempre muy convencidos (los judeoconversos) del paso que estaban dando, pues casi siempre lo hacían conminados por la autoridad política o eclesial del momento.

Y mañana, por fin, el texto de "La Carta del Domingo" con su comentario.