jueves, 31 de julio de 2014

DESCENSO DEL MONTE CARMELO

1.-INTRODUCCIÓN

Dice JOSÉ BIEDMA LÓPEZ en su obra “Introducción a San Juan de la Cruz”, haciendo referencia a la mística del santo de FONTIVEROS que la “SUBIDA AL MONTE CARMELO” es la descripción de un formidable itinerario para el espíritu montañero, aventurero, un auténtico “mapa místico”, un plano que, en palabras del propio santo “trata de encaminar el espíritu por los bienes espirituales hasta la divina unión del alma con Dios”, atravesando sucesivamente una estrecha senda llena de negaciones y un seco y desolado desfiladero.

La sabiduría oriental, encarnada en el “TAO TE KING” o conjunto de treinta poemas de contenido filosófico, obra de LAO-TSE, nos advierte que "un camino de mil pasos siempre comienza por un primer paso", y la guía espiritual que nos ofrece San Juan de la Cruz comienza, igualmente, por un solemne primer paso:

"Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada"

A partir de este primer paso será preciso recorrer, como decíamos, una estrecha senda de negación absoluta de todo cuanto nos distraiga de la meta: de esta forma será preciso renunciar al tener, al gustar, al saber, al poder, e incluso ¡hasta al propio ser!... Deberemos atravesar la "oscura noche de la razón", noche activa y de la fe noche pasiva, una prueba que –en palabras del propio San JUAN DE LA CRUZ- habrá de ser tenebrosa y terrible, lo que sólo nos será posible con la ayuda de la secreta escala de la fe, a su vez lo suficientemente purificada y purgada de todo lo que no sea Dios mismo y, al final, alcanzando la cima del MONTE CARMELO, la unión del alma con Dios.

En la cima del MONTE CARMELO, según un dibujo hecho por el propio San JUAN DE LA CRUZ a una religiosa llamada MARÍA MAGDALENA DEL ESPÍRITU SANTO, el bueno de San JUAN DE LA CRUZ coloca, como efectos en el alma de esta unión con Dios, la paz, el gozo, la alegría, la falta de angustia, la justicia, la fortaleza, la sabiduría, la piedad, la caridad y el deleite, y añade que en este Monte sólo moran la honra y la Gloria de Dios, y como feliz recompensa del que ha estado dispuesto a escalar el Monte en su cumbre todas las maravillas que le esperan: "Vos introduxi in terra Carmeli ut comederetis fructum eius et bona ilius" (os introduje en la tierra del Carmelo para que comierais de sus frutos y de sus bienes). No cabe duda de que quien se atreve a afrontar este camino de perfección, subiendo al MONTE CARMELO, con la esperanza de conseguir la mayor de las dichas, Dios mismo, lo hace movido por el sólo amor que tiende al amor por excelencia, como la brújula a su norte, por eso, cuando alcance la cima podrá verse, frente al amor absoluto, libre de toda atadura y cadena, y podrá decir: Ya por aquí no hay camino porque para el justo no hay ley, para sí él mismo es la ley, de la misma manera que a S. AGUSTÍN le gustaba decir: "Ama y haz lo que quieras".

Mediante este tortuoso y angosto, a la par que angustioso, camino, quien se embarca en esta loca aventura de ascensión podrá, al fin, deleitarse en el único de los gozos posibles que no es sino la unión del alma con Dios, el éxtasis, la experiencia en grado sumo del amor de Dios.

¡El amor de Dios! Experiencia transformante, agotadora y misteriosa a un tiempo, que transe el corazón del hombre y lo renueva de tal forma que quien lo experimenta puede decir no vivo ya en mí, pues es Dios quien me habita, un roce escaso de la grandeza de Dios con la pequeñez del hombre, un pobre atisbo de esa infinita misericordia que es el corazón y el ser mismo de Dios, cuando ante su presencia el ser del hombre quedaría destruido por completo ("máteme tu vista y tu hermosura"), lo que a MOISÉS sólo le fue dado contemplar de espaldas, y que exige, como primera respuesta por parte de quien lo experimenta, una renovación completa y perfecta en el amor:

En los amantes perfectos
esta ley se requería:
que se haga semejante
el amante a quien quería.

Ya es poco probable, en la actualidad, que alguien se proponga de forma seria y madura a iniciar el misteriosos ascenso del MONTE CARMELO siguiendo la ruta marcada por San JUAN DE LA CRUZ en pos del amor de Dios; teniendo en cuenta que para ello es preciso, con carácter previo, que el montañero se sienta falto de algo que le satisfaga plenamente y que llegue a la conclusión de que ese algo sólo puede ser Dios, ya que el hombre actual está constantemente bombardeado por miles de ofertas que le prometen satisfacer todas sus necesidades más inmediatas; pero, si a pesar de todo, uno se encuentra con esta falta de plenitud (que dice San JUAN DE LA CRUZ que es enfermedad provechosa para el Espíritu), a continuación deberá iniciar la búsqueda de este tesoro escondido, que le sacie y le calme; en esta segunda etapa deberá estar más atento a la escrupulosa observación de los diez mandamientos; en una tercera fase irá ganando terreno a la montaña pero sin ser aún firme el propósito de llegar hasta el final, la buena intención se fatiga y le fallan las fuerzas y la perseverancia; en una cuarta fase ya es consciente de su ascenso pero es cuando más peligro corre de condenar, vanagloriándose, de los que no han llegado hasta la posición en la que él se encuentra; en el quinto momento se empieza a desesperar por estar tan cerca y no haber llegado, es cuando se atemperan la paciencia y la constancia; más adelante se corre el riesgo de echar de menos todo cuanto se ha dejado atrás para llegar a la cima, hasta que, finalmente, en la antesala del último repecho, resignado, desnudo y anihilado al montañero ya no le cabe sino pedir, en un último esfuerzo y osadía, su recompensa, la unión con Dios y, ya en la cumbre, acabadas las imperfecciones, se acaba el penar del alma y queda el gozar.

Hemos dicho que es poco probable que alguien inicie este camino por propia voluntad, atrapados como estamos en el temor a lo desconocido, nuestras comodidades, al peso de las tradiciones que nos ofrece la experiencia de Dios trillada por quienes nos han precedido, o a todas aquéllas cosas a las que San JUAN DE LA CRUZ define como las que cansan, atormentan, oscurecen y matan; puede que haya quien esté dispuesto a comenzar semejante aventura y se vea coronando la cumbre gustando el amor de Dios; pero también hay personas que llegan a gustar del amor de Dios por derroteros distintos a la penosa subida del MONTE CARMELO que nos ofrece el santo de FONTIVEROS, nos estamos refiriendo a las personas que experimentan el amor de Dios como un regalo de Dios mismo, es decir, sin una preparación por su parte, sin su mérito, por pura gracia.

En esto Dios no hace injusticia ya que, quien recibe un regalo, al menos, ha de tener la misma sensación de insatisfacción que movió al que se dispuso a escalar –pues es evidente que al que tiene de todo tampoco le hacen ilusión los regalos-. En torno a los logros humanos todos tenemos experiencia de la diferencia que existe entre los logros que nos han sido dados de los que nosotros nos hemos trabajado pues, evidentemente, valoramos más lo que ha sido fruto de nuestro esfuerzo que lo que no nos ha costado nada, y que además corren el riesgo de adocenarnos y acomodarnos y –lo que es peor- corremos el riesgo de valorarlos en tan poco que aún ofendamos a quien nos los regaló. De esta manera con la experiencia del amor de Dios sucede lo mismo.

Así no son pocas las personas que, habiéndoseles permitido gustar esta experiencia del amor de Dios, sin su aparente esfuerzo personal, sino por designio amoroso de Dios mismo, sintiéndose de pronto transportadas del valle a la cumbre del MONTE CARMELO, interpretan mal este gesto (que acaso debería haberles servido para dotarles de una humildad exquisita frente a los que vienen escalando el tortuoso camino) y ante la visión de los frutos y bienes se embotan de tal manera que, atiborrados, se inflan hasta el punto de deleitarse en el mismo deleite, olvidando pronto la honra y la Gloria de Dios que habitan en la cima del MONTE CARMELO.

La sintomatología de este tipo de personas "embotadas del amor de Dios sin Dios", y que se deleitan una y otra vez en el amor sin acordarse de Dios, es la siguiente:

a) Cuando llegan a la cumbre no saben entender correctamente (frente a los que han llegado a ella por la angosta senda) que en la cumbre no hay caminos porque el justo no necesita ya de ellos, pues él es el camino y la ley para él mismo. De esta forma, amparados como se creen en el amor de Dios, su primera tentación (y síntoma) –a la que sucumben de inmediato- es erigirse ellos mismos en cada uno de los frutos del Monte Carmelo: Ellos son la paz, ellos son el gozo, ellos son la alegría, ellos son la sabiduría, ellos son la piedad, ellos son la caridad, ellos son la fortaleza y ellos son la justicia. Así, nunca reconocerán haber cometido una falta contra un hermano porque ellos son la caridad misma ya que Dios los ama; jamás cometen injusticias ya que ellos son la justicia misma porque Dios los ama y así sucesivamente.

b) Pero esto no es lo peor que les puede suceder, ya que su principal enfermedad, o mal (en el sentido literal de la palabra) es que, confundiendo el deleite con su fuente, quedan tan embelesados en el mero deleite por el deleite y gusto de este amor de Dios sin Dios (que podemos llamar peyorativamente como "mermelada de fresa") que lo mismo que las hormigas, embriagadas con el dulce que les ofrecen los pulgones cuando los encuentran, llegan a olvidar sus obligaciones en el hormiguero y toda la colonia muere, sienten la irrefrenable pulsión de embotellar a granel esta "mermelada de fresa" y hacérsela probar a todo el mundo, a veces hasta por la misma fuerza, con un entusiasmo tal que ha de resultar siempre sospechoso. No se dan cuenta que con esta visión "tan dulce y rosa del amor de Dios" que exportan no sólo hacen daño a los que vienen escalando la montaña como Dios manda (en medio de la noche oscura), y que al otros hermanos, bajo esta premisa del amor de Dios, los mantienen en un estado de constante "infancia e idiocia espiritual" en su relación con Dios.

c) Finalmente, el peor de los efectos de los así embriagados, deleitados y satisfechos en "el amor de Dios sin Dios" es su desprecio, rayano en la locura, por todo cuanto sea humano y mundano. Tan convencidos están de que en la cumbre sólo moran la honra y la Gloria de Dios que absolutizan ambos conceptos de tal forma que los convierten en fines en sí mismos. Lo único que importa es la Gloria de Dios aunque con ello se pisotee, se destruya o se haga daño al hombre, cuando éste ha sido hecho a imagen y semejanza suya, o como dijera San IRENEO DE LYON: "Gloria Dei, homo vivens" (la Gloria de Dios es el hombre que vive), y hasta tal punto se enquistan en su posición que rozan el monofisismo (Dios es Dios, pero no comparte nada de nuestro ser de hombres, en lo que se refiere a la persona de Jesús), negando, en los casos más graves la humanidad, la libertad humana, la humanidad de Cristo, la belleza y bondad de cuanto existe (aunque sea hechura del hombre), y aún el propio sentido descendente del Misterio de la Encarnación.

Por tanto, dejemos a un lado a quienes vienen subiendo el Monte Carmelo, no sin esfuerzo, pero tampoco sin que les falte la ayuda de Dios; dejemos a un lado también a los que ni siquiera les importa ponerse en camino; y dejemos igualmente a un lado a quienes, ya en la cumbre, han descubierto el amor de Dios como experiencia de renovación absoluta, de encuentro personal con Dios, apenas expresable con palabras (de ahí ese decir inefable, esa música del corazón, ese silencio del alma, ese poema inconcluso) y centrémonos tan sólo en los que se han detenido en el falso deleite, en "el amor de Dios sin Dios, en la mermelada de fresa".

A ellos les proponemos (a los justificados, a los satisfechos de sí mismos, a los doctores necios, a los beatos malos, a los fariseos de pro, y –en suma- a todos "los diabéticos de la mermelada de fresa" que representa "el amor de Dios sin Dios") esta auténtica y genuina guía humana –nada espiritual- para "DESCENDER DEL MONTE CARMELO", para que volviendo de nuevo al punto de partida sean capaces de descubrir una vez más, el amor de Dios, en quien lo merece de veras: En el hombre, en aquel en quien quiso encarnarse, de quien dijo Dios que era muy bueno, del que Jesucristo es primicia, Hijo primogénito y hermano mayor.