miércoles, 25 de junio de 2014

OS DARÉ UN CORAZÓN NUEVO....


Mes de JUNIO, tradicionalmente consagrado por la Iglesia a la devoción y veneración del SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. No os cansaré con la historia litúrgica de la devoción, pues eso es algo que cualquiera puede buscar en internet, ni tampoco os hablaré de Santa MARGARITA DE ALACOQUE, la gran defensora e impulsora de esta devoción... tampoco os hablaré de mi relación especial con el SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, gracias a la devoción de mi abuela materna, pues de ella aprendí lo que es querer al SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS y no simplemente tenerlo entronizado en el salón, o en la puerta de casa, como era habitual en muchos domicilios españoles, pues algo de eso ya os compartí en HIPER COR IESU, artículo que podéis leer pinchando en el enlace, lo que pretendo compartiros hoy es lo que me evoca esta celebración.

Cuando pienso en el SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS no puedo evitar que vengan a mí las palabras del profeta EZEQUIEL cuando afirma, por boca del Señor (Ezequiel 36,25-28):

Derramaré sobre vosotros un agua pura
que os purificará:
de todas vuestras inmundicias e idolatrías
os he de purificar;
y os daré un corazón nuevo,
y os infundiré un espíritu nuevo;
arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra,
y os daré un corazón de carne.
Os infundiré mi espíritu,
y haré que caminéis según mis preceptos,
y que guardéis y cumpláis mis mandatos.
Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres.
Vosotros seréis mi pueblo,
y yo seré vuestro Dios.

Quedáos con esta promesa que hace el Señor "Vosotros seréis mi pueblo, por siempre seré vuestro Dios, os daré un corazón nuevo, os infundiré mi espíritu de amor" que, por cierto, es una canción -pues existe una versión musicalizada de este texto- que me es especialmente querida para mí y que os comparto de la misma manera:


Si por el Bautismo estamos llamados ha "cristificarnos", a convertirnos en otros Cristos, con la ayuda del Espíritu Santo ("derramaré sobre vosotros un agua pura (...) y os infundiré mi espíritu") para formar parte de la Iglesia ("vosotros seréis mi pueblo"), no menos cierto es que ello pasa por hacer nuestras las actitudes, los modos, los gestos, la misericordia del Señor, como dice San PABLO (Romanos 6, 3-4): "¿No sabéis que cuantos nos bautizamos consagrándonos al Mesías Jesús, nos sumergimos en su muerte? Por el bautismo nos sepultamos con él en la muerte, para vivir una vida nueva" no cabe duda de que además hemos de vivir conformes el corazón de Cristo "os daré un corazón nuevo".

Y el caso es que ha habido santos que, han experimentado de tal manera el amor de Dios en sus vidas, y han sabido proyectarlo con tanta fuerza, que han vivido en su propia carne este latir, ser uno, con el corazón de Cristo:


Tenemos por ejemplo a San MIGUEL DE LOS SANTOS (1591-1625), reformador trinitario, al que el Señor le concedió el llamado milagro del "intercambio de los corazones" por el que el Señor mismo, en una especie de trance, se le apareció y metiendo su mano en el costado arrancó su propio corazón intercambiándolo con el del reformador trinitario. 

Por su parte, San FELIPE NERI (1515-1595), el humilde sacerdote, siempre rodeado de los niños de su Oratorio, que se propuso reformar con su vida a una ciudad de ROMA decadente, e íntimo amigo de San IGNACIO DE LOYOLA, durante su estancia romana, aunque nunca llegó a ser jesuita, tuvo la experiencia, en la vígilia de Pentecostés, de experimentar de tal manera el amor de Dios en su interior, que su corazón se ensanchó de tal forma que le produjo un dolor espantoso, del que perdió la conciencia, y que desde entonces le inflamaba, literalmente, en amor, quemando su ropa a la altura del pecho y que, tras su muerte, se comprobó que, en efecto, su corazón se había dilatado tanto, que dos costillas tuvieron que combarse para hacerle lugar.

Santa CLARA DE MONTEFALCO (1268-1308) terciaria franciscana y religiosa agustina, de ella nos cuenta la tradición que tuvo una visión de Jesús vestido como un pobre viajero, trató de detenerlo y le preguntó «"Mi Señor a donde vas?"» y Jesús le respondió «”He buscado en todo el mundo un lugar fuerte donde plantar esta Cruz firmemente y no lo he encontrado".» CLARA miró la Cruz y haciéndole saber su deseo de ayudar a Jesús a cargarla, le dijo: «"Podéis hacerlo en mi corazón"» y Jesús, implantó su Cruz en el corazón de CLARA. 

Seguramente, como suele pasar siempre, con estos ejemplos de "las vidas de los santos" nos parecerán exageraciones de los hagiógrafos, o experiencias místicas más o menos intensas envueltas por los ropajes y el oropel de la leyenda, o no nos creamos dignos de alcanzar tales dones, pues los santos siempre se nos antojan una especie de "marcianos o superhéroes", olvidando que, siendo hombres y mujeres, en todo como nosotros, con sus luces y sus sombras, sólo se distinguen de nosotros en que "creyeron y por eso vieron" prodigios y maravillas en sus vidas, porque no hicieron otra cosa sino hacerse uno, latir al unísono del corazón de Cristo, asemejarse a su maestro, como bien dice el Evangelio, y eso es lo que, en el fondo, me suscita la festividad litúrgica del SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, que aprendamos a sintonizar, como si del dial de una radio se tratara, nuestro corazón al corazón de Cristo, porque cuando consigamos que ambos latan al unísono, entonces podremos decir "que el Señor no ha dado un corazón nuevo".