domingo, 15 de junio de 2014

JORNADA DE ORACIÓN "PRO ORÁNTIBUS"
OREMOS POR LOS INTERCESORES
APRENDAMOS A INTERCEDER


La Iglesia nos propone hoy, DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD, quizás precisamente por ser la fiesta litúrgica que es, la JORNADA DE ORACIÓN PRO ORÁNTIBUS, es decir, que oremos por quienes por nosotros oran, por las comunidades contemplativas y de clausura, ya sean masculinas o femeninas, precisamente porque ellas pasan tanto tiempo en la contemplación del misterio de Dios, y con ello se ganan entrañas de misericordia, se hacen intercesores por todos nosotros.

Aunque hay una cosa que aclarar al respecto: ¿Qué es un intercesor y qué es la intercesión? ¿Es sólo orar? ¿Es una oración especial? ¿Todo el mundo puede interceder? 


Vamos a intentar responder a todas estas preguntas haciendo una exposición sistemática del PADRENUESTRO, la oración que el Señor nos enseñó, me atrevería a decir que el patrón sobre el que toda oración debería calcarse y realizarse, no en vano, por ejemplo, en ese gesto intercesor que es la oración de los judíos ante el MURO DE LAS LAMENTACIONES, dejando entre sus rendijas sus oraciones, intercesiones, escritas, el Papa FRANCISCO ha depositado, precisamente, un sencillo "padrenuestro".

Jesús dijo que debemos orar así: "Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre". Esta es la alabanza y la adoración. Comenzamos con la alabanza. David dice: "Pero tú eres santo, oh Tú, Señor, que habitas en las alabanzas de Israel" (Salmo 22, 3). David es maestro en alabanza. El Señor habita en las alabanzas de su pueblo. ¿Qué significa hacer alabanza? ¿Sabéis como se entiende, en el contexto anterior la alabanza? 

Mediante la alabanza confirmamos que el Señor es el dueño de todo y reconocemos su obra en nuestras vidas, no focalizamos la atención en lo malo que nos sucede, que no es del Señor, pues Él no quiere nada malo para sus hijos. Quedarse sólo en lo malo, en el problema, hasta el punto de que ello nos impida alabar es darle el triunfo al maligno. Hoy en día la Iglesia, los grupos, las comunidades, las asambleas están tan preocupadas por lo que el maligno está haciendo… Todo el tiempo estamos escuchando lo que el maligno está haciendo. No vemos lo que el Señor está haciendo, y nos concentramos tanto en lo que el maligno está haciendo, que llegamos a estar tan saturados de maldad, enfermedad, sufrimiento y angustia que nuestros corazones se llenan de miedo y nos preguntamos si verdaderamente el Señor está presente en medio de su pueblo. Pues yo os digo: ¡Benditos y alabados sean los ojos de quienes son capaces de ver la obra del Señor en ti y en el mundo y ponen su atención en Aquel que está sentado en el trono de gloria!

JOSAFAT sabía de alabanza:

De acuerdo con el pueblo, dispuso que un grupo revestido de ornamentos sagrados avanzara al frente de los guerreros cantando y alabando al Señor con estas palabras: Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia. Apenas comenzaron los cantos de júbilo y de alabanza, el Señor sembró discordias entre los amonitas, los moabitas y los serranos de Seír que venían contra Judá, y se mataron unos a otros. (2 Crónicas 20, 21-22)

Cuando envió su ejército a la batalla puso a los cantantes y a los músicos en el mismo frente de batalla. ¡Qué cosa más estúpida! Sabiendo que iban a la batalla contra el enemigo, en vez de poner a los mejores soldados que había en la parte delantera para hacer frente a la embestida del enemigo, pone un montón de "cantantes ñoños", blandengues, un montón de "tipos artísticos", ya sabéis la connotación peyorativa que ello tiene. Estos "tipos musicales" son con frecuencia afeminados. No hay en ellos la masculinidad que se supone a un militar recio y aguerrido. Pero JOSAFAT sabía el poder que había en la alabanza. Sabía el poder que se libera cuando las primeras personas que salieron en marcha iban elogiando la belleza de la santidad y el poder del Señor. Se glorifica al Señor y se cantan alabanzas a al Señor, y al hacerlo así, todos sabemos cómo acabó la batalla, que el enemigo huyó, despavorido por el poder de la alabanza, matándose entre sí, hasta el punto de que cuando llegaron los soldados de verdad ya no había nada que hacer. Permitidme compartir una breve oración que escribí una vez al respecto:

¿Dónde está el ulular de tus mujeres,
bailando con sus danzas y panderetas?
¿Dónde el clamor de tus hombres,
Entrechocando sus escudos?
Por menos, salvé a Israel
de enemigos más poderosos…
¿Y quieres que yo te ayude,
si no celebras de antemano tu victoria?

La alabanza tiene un poder mayor que cualquier fuerza física en este mundo. El rey DAVID era otro que alababa, bendecía y cantaba al Señor. Él conocía el poder de la misma. Estableció cantores y adoradores y músicos con los que alabar a Dios y adorarle todo el día, todo el tiempo. Eran empleados a tiempo completo para hacer eso. El poder en la alabanza y la adoración, expresando el amor del Señor, entrando en su presencia en la comunión de amor y relación cara a cara, así como MOISÉS entró en la presencia de Dios y habló con él boca a boca y cara a cara.

Y el profeta que así ha entrado en la presencia del Señor a través de la alabanza y la adoración, y ha entrado en la Sala del Trono, comienza a librar la guerra en el Espíritu: Danos hoy nuestro pan de cada día”. Pero… ¿Verdaderamente nos da el Señor nuestro pan de cada día, es decir, escucha de verdad el Señor nuestra oración?

Nos gusta creer que sí, y de hecho generaciones enteras de intercesores de buena fe abandonan en cuanto tienen la más leve sospecha de que el Señor no está escuchando, efectivamente su oración, pero ¿es esto realmente así? Y es que solemos obviar, como es propio de la condición humana, todo aquello que no nos conviene, seguramente nadie ha caído en la cuenta de lo que dice la primera carta del apóstol Juan (Juan 5, 14-15):

Nos dirigimos a Dios con la confianza de que, si pedimos algo según su voluntad, nos escuchará. Y si sabemos que nos escucha cuando le pedimos, sabemos que contamos con lo que hemos pedido.

Queda claramente dicho que para que la oración de intercesión sea eficaz ha de hacerse de conformidad con la voluntad del Señor. ¡Alto ahí, espera un momento! ¿Cómo puedo saber cuál es la voluntad del Señor? 


Es como lo que sucede en las modernas autopistas: Tenemos claro el destino, nos distraemos un instante, nos pasamos el desvío y tenemos que recorrer un camino estéril hasta buscar un cambio de sentido y deshacer el camino para volver a encontrar el desvío. Lo mismo sucede en la vida espiritual, el Señor nos ha trazado una autopista camino de su salvación, sabe la meta y nos ha trazado el plan, pero nos distraemos y no obramos correctamente, no cogemos el desvío a tiempo, pero cuando nos damos cuenta de ello, y regresamos, puede que las circunstancias hayan cambiado, que las personas ya no estén, que todo sea nuevo, como la vida es nueva y no está escrita, no está determinada de forma automática.

Lo que hace el intercesor, mediante su oración de intercesión, es estar muy atento al mapa de carreteras y saber discernir los signos, en virtud de los cuales es capaz de decir: “¡Este es el momento de orar! Ahora nuestro camino está en sintonía con la voluntad del Señor!” Si MOISÉS hubiera orado al Señor para liberar la plaga de la muerte de los primogénitos en primer lugar, quizás el faraón se hubiese enfadado tanto que, en vez de dejarlos marchar, hubiese aniquilado a todo el pueblo, al contrario, al ser la última plaga de una serie de males in crescendo, hizo el efecto debido, el faraón, agotado por las plagas precedentes, ya no tenía fuerzas para defenderse de nada. Eso es ser intercesor, saber usar los medios adecuados, la oración, en el instante de Dios, no en el nuestro.

El evangelista MARCOS nos dice, en boca del Señor: “Por tanto os digo que, cuando oréis pidiendo algo, creed que se os concederá, y así os sucederá" (Marcos 11, 24).

La oración tiene que ser hecho en fe y con fe. Si no creemos que vamos a recibir lo que pedimos verdaderamente no lo conseguiremos. Pero en realidad este versículo da un poco más de sí. ¿Cuándo es que el Señor nos escucha? Al orar. La fe es siempre un tiempo pasado. La fe no dice: "Creo que el Señor va a atender mis necesidades". La fe no dice: "Creo que el Señor sopesa atender mis peticiones." La fe no dice: "Creo que el Señor me dará lo que le he pedido" ¿Sabéis lo que dice la fe? La fe dice: "Yo creo que el Señor ha colmado mis necesidades. Hecho está. Mío es. Consumado es."¡Ya lo tengo, es mío, sólo que no ha manifestado todavía!” Esa es la oración de la fe. 

Dios trabaja por su pueblo, pero ¿cómo hace el Señor las cosas de la tierra? Lo hace a través de personas. ¡Hasta que alguien reza el Señor no hace absolutamente nada! Cuando el Señor creó este mundo puso al hombre Adán al control y le dijo: "Adán pase lo que pase en este mundo, depende de ti. Voy a venir a visitarte y te daré toda la ayuda que quieras, pero no estoy interfiriendo aquí. Tú estás al mando." El Señor no hace nada excepto a través de la acción humana. Es lo que significa atar en la tierra para que quede atado en los cielos y lo que se desata en la tierra para que sea desatado en el cielo, o como he dicho en TWITTER alguna vez "Al mendigo de tu portal no le cae un bocadillo del cielo por más que reces ¡Haz de dárselo tú!".

Continúa la oración del Señor diciendo: "Perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". La oración de arrepentimiento elimina los obstáculos que nosotros mismos nos hemos levantado, por nuestro pecado, en nuestra relación con el Señor, y así abrimos el camino para que obre la fe. La primera carta de JUAN lo dice claramente: “Amados, si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos hacia Dios. Y cualquiera cosa que pidamos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de él”.

Si nuestro corazón no nos condena tenemos confianza en el Señor. A la inversa, se cumple también el axioma: Cuando mi corazón me está condenando, no puedo tener confianza en el Señor. Si he pecado, y si he fracasado, y si me siento culpable ante el Señor, ¿con qué cara me presento en su Presecia y le digo: «Señor, necesito esto: Atiende mi ruego»?

Muchos intercesores suelen equivocarse en este punto, consideran que han de ser personas puras, sin tacha, sin mancha, para hacerse dignos de su oración ante el Señor. El Señor se mueve por la fe, cuando hay pecado, no es el Señor el que condena, y castiga sin atender nuestra oración, es nuestro corazón el que condena y el que bloquea. De la misma manera, la oración de penitencia, la oración de confesión de los pecados no es un soborno para el Señor. Si hemos dicho que el Señor ya los ha olvidado por intercesión de su hijo Jesucristo sobre nosotros. La oración de penitencia consiste en limpiar nuestro corazón. Sólo tenemos que decirle en voz alta. "Padre, perdóname."

También podemos orar lo referente al pecado de otra persona. ¿Os acordáis de cuando trajeron al enfermo a Jesús y sus cuatro amigos le ayudaron al hacer un agujero en el techo? Jesús dijo a aquel hombre que estaba acostado en la cama, enfermo y paralítico: "Hijo, tus pecados te son perdonados" (Marcos 2, 5) Y todo el mundo comenzó a murmurar y se decían a sí mismos: “¿Cómo puede éste hablar así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?" (Marcos 2, 7) Y Jesús les dijo: "¿Por qué pensáis así en vuestro interior?" (Marcos 2, 8) Él dijo: "Pero para que sepáis que este Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados dijo al paralítico: «Yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa»." (Marcos 2, 10-11).

Es significativo que, en este caso, el Señor dice que la potestad de quitar los pecados no es del Hijo de Dios, sino de este hombre, lo que confirmaría, después de resucitar, cuando dijo a sus discípulos: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados les queda perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”  (Juan 20, 22-23).

Hemos de reconocer que como católicos, en el sacramento de la confesión, tenemos todas las bases para entender toda la fuerza liberadora de la intercesión por los pecados de otro.  A este respecto podemos traer a colación el testimonio de AGNES SANFORD, una de las pioneras en entender y potenciar el carisma de sanación interior aunque, como episcopaliana, no creía en el sacramento de la confesión católica, hasta que alguien un día le propuso: ¿Por qué no confiesas con un sacerdote? Ella así lo hizo, reconociendo ante el sacerdote católico su condición de episcopaliana, éste no le confesó sacramentalmente como católica, pero le escucho, tras lo cual la bendijo y ciertamente le dijo: “Vete en paz, tus pecados te son perdonados”, y ella misma admite que no había sentido tanta liberación y paz interior como al escuchar esas palabras, dichas sobre sí, en nombre del Señor por otro hermano creyente.

Y, finalmente, no podemos olvidar otra forma de oración de intercesión, la llamaremos el imperativo profético. Jesús nos dijo: Orad de esta manera: Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en el cielo como en la tierra Podemos perder un poco el sentido de estas peticiones al no conocer del todo los tiempos gramaticales del original griego, pero lo cierto es que, ambas peticiones, están formuladas en imperativo. El imperativo denota una orden. Cuando nuestros traductores dicen “venga a nosotros tu reino” en verdad el imperativo ordena: “Ven, reino tuyo, ven” lo que marca una clara diferencia.

Veamos, cuando intercedemos ante el Trono de Gloria del Señor, verdaderamente no estamos orando "en el Trono", estamos orando "ante el Trono", no estamos "dando órdenes al Señor", estamos "despachando sus órdenes, sus leyes y sus decretos". De la misma manera cuando actúas en la tierra como mensajero del Señor, como profeta, el Señor desea, de la misma manera, que te dirijas a tus hermanos en el mismo tono imperativo, que no admite dudas, que no admite discusión, con la misma fuerza moral que la autoridad de la que emanan los decretos, es decir, del Señor.

Si leemos la historia de ESTHER, en la Biblia, nos daremos cuenta de que el Rey ASUERO tenía un sello con el que sellaba los decretos, una vez sellado, el decreto era una orden para todo el reino y sus provincias, y no podía ser ni derogado, ni desobedecido, tal era la costumbre legal de los persas y los medos.

En ISAÍAS, el Señor dice:
 
Así será mi Palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo. (Isaías 55, 11)

¿Habéis intentado alguna vez detener una bala en la boca del rifle una vez que se ha disparado el gatillo? ¡Demasiado tarde! Cuando un profeta abre su boca para proclamar la palabra que el Señor ha puesto en ella, el Señor imprime una fuerza a esa palabra tal que es para que sea obedecida por la audiencia del profeta y es como la ley de los persas y los medos, no puede ser revocada, porque el Señor no puede contradecirse a sí mismo o no sería todopoderoso.

El profeta AMÓS nos dice:
 
Seguramente el Señor no hará nada sin revelar sus secretos a sus siervos los profetas. (Amós 3, 7)

¿Qué quiere decir con sus secretos? Significa que el Señor tiene previsto hacer cosas en la tierra. Y cuando el Señor toma la decisión de hacer cosas en la tierra, normalmente, se escoge un hombre (o una mujer) para ser su agente en la tierra. Es decir, si el Señor da una palabra sobre la tierra, no es una palabra que venga del éter, de la nada, o del más allá, es una palabra que viene de la boca de una persona que puede hablar con la misma autoridad que el Señor en su trono del cielo. Así es como el Señor nos comunica sus decretos ya que por mor de la libertad humana no puede interferir directamente en las cosas del mundo.

De esta manera se entiende la enorme responsabilidad que tiene el que ha sido llamado a la intercesión profética, ya que cuando sus labios se abren está manifestando la autoridad del Señor sobre todo lo creado, que lo que dice es Palabra de Dios, que ha sido dicha en el momento justo en el lugar adecuado.

¿Hemos captado ya la diferencia? Cientos de personas creen que interceder es ponerse en la presencia del Señor con una lista de peticiones y de necesidades y bombardearlo, agobiarlo y atosigarlo con ellas, hasta que le arranquemos respuesta (como sucede en la parábola del vecino impertinente). ¡No! Hemos descubierto que la verdadera intercesión es entrar en la presencia del Trono del Señor y decirle: “¡Vamos, Señor, estoy preparado, dicta tus decretos que yo haré que se cumplan!

Los verdaderos intercesores no pierden el tiempo en la presencia del Señor mostrándole la lista de necesidades o de personas que traen preparada, sino que los verdaderos intercesores oran por la lista de necesidades y de personas que el Señor les ha confiado en su decreto. Y que cuando el Señor te da una palabra, esa palabra se convierte ipso facto en tu única palabra.

A veces, puede que te ayude el poner la palabra del Señor por escrito. Piensa que la mayor parte de la Biblia es la puesta por escrito de las palabras y los decretos del Señor dados a su pueblo por boca de sus santos y sus profetas. Todos podemos orar, esto es evidente, pero para el profeta se convierte en su tarea más absorbente, para discernir constantemente la voluntad del Señor, y cuando oras sobre un hermano, lejos de profetizar en el sentido de adivinarle su futuro, lo que estás haciendo en el fondo es exponerle un decreto, una orden, una palabra de tu Señor para él, para que se convierta, para que crea, para que tenga esperanza, para que espere y confíe en el Señor.