jueves, 29 de mayo de 2014

LA VIDA EN EL ESPÍRITU SANTO.- CATEQUESIS V.- VIVID EN EL ESPÍRITU SANTO


El origen de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José, y antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró haber concebido María por obra del Espíritu Santo. Su marido José, que era justo, pero no quería infamarla, resolvió repudiarla en privado. Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: "José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados." Todo esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por el Señor por medio del profeta: "Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel, que traducido significa -Dios con nosotros-" Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer, la cual sin que la conociese, dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús.
(Mateo 1, 18-25)

Si rebuscamos entre nuestros papeles, o en ese cajón de sastre que todos tenemos en nuestras casas, donde vamos guardando cosas desordenadamente, el comentario de la Palabra de ayer, podremos recordar la cantidad de promesas que nos hacía el Señor cuando recibamos la efusión del Espíritu Santo, cuando renovemos y "desempaquetemos" el regalo de nuestro bautismo: Sentir realmente, y no leerlo o entenderlo, que el Señor me ama, convertirme a él de corazón, no con miedo, sino por unas auténticas ganas de acercarme a él y ser su hijo, desatar mi lengua en alabanzas y acción de gracias, hacer de mi oración una intercesión poderosa, cantar en lenguas, alzar mis brazos al cielo en alabanza, ejercitar los dones y carismas del Espíritu Santo, redoblar mi fe ante los problemas y las circunstancias de mi vida, etc, etc...

Quizás, ante este cúmulo de promesas, nos asustemos, o nos desanimemos, pensando: "Todo esto es muy bonito sobre el papel, quien escriba estos comentarios tiene una facilidad de palabra muy grande, sabe mover el corazón, pero esto no es para mí, yo no puedo hacer cosas tan grandes, ni experimentar el amor de Dios con la facilidad que sale en estos folios semanales"... Sin embargo, nada más lejos de la realidad, como venimos diciendo desde el principio de este conjunto de enseñanzas, todas estas promesas están hechas sobre cualquiera de nosotros, los bautizados, ya que él día de nuestro bautismo escuchamos por vez primera, de labios del Señor: "Este es mi hijo, o mi hija, amados, predilectos de mi corazón". ¿Cómo podría demostrároslo? Seguramente podría hablar de mi testimonio personal, o buscar otro hermano que haya recibido la efusión del Espíritu Santo, para que compartieran su experiencia con vosotros, sin embargo, el Señor ha querido otra cosa mejor...

Dice el refrán que para muestra, bien vale un botón. Y si pensamos en la humanidad como una caja de millones de botones, todos diferentes, en tamaño, en colores, en materiales, en formas, y todos mezclados y desordenados, entonces, la muestra de estos botones, la muestra de la humanidad de que todo esto es posible es MARÍA, la madre de nuestro Señor.

Puede que aún seamos reacios a ponernos en el lugar de Dios Padre del Cielo, a pesar de que el Señor nos dijo: "Sed buenos, como es bueno vuestro Padre celestial" (Mt 5, 48), y sigamos considerando a Dios inaccesible en su cielo y en su altura; puede que aún no sepamos capaces de obrar en nuestra vida con los mismos sentimientos y actitudes que Jesús, nuestro Señor, a veces -seguramente- nos decimos interiormente "al fin y al cabo Él era el hijo de Dios", porque lo encumbramos demasiado en nuestro pensamiento, y olvidamos con demasiada frecuencia su humanidad, igual en todo a la nuestra, menos en el pecado (Hebreos 4, 15). Sin embargo nada podemos objetar a MARÍA, tan humana como nosotros, primicia de la humanidad nueva y renovada que puede alcanzar todas las promesas del amor del Padre por medio del Espíritu Santo.

En efecto, MARÍA también tuvo que descubrir y experimentar, como lo hemos hecho nosotros, en primer lugar, el AMOR DE DIOS, a ella también se le dijo: "Esta es mi hija, mi amada, mi predilecta" cuando el ángel le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lucas 1, 28).

MARÍA también descubrió, de primera mano, que JESÚS VIVE Y ES EL SEÑOR, ¡ella misma le dio la vida!, como madre lo sintió crecer dentro de ella, sintió sus patadas en el seno materno, experimentó las contracciones, lo amamantó, lo vistió, lo educó y sabía, desde el principio que "el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios" (Lucas 1, 35).

MARÍA también tuvo que CONVERTIRSE AL SEÑOR, tuvo que saber adaptar su vida, sus circunstancias, su humanidad limitada, a los planes del Señor sobre ella. Lo mismo que cada uno de nosotros, ella también ponía pegas a los planes del Señor sobre su vida. Ella había decidido vivir virgen, consagrada al Señor, dedicada a la oración y a sus tareas, en una vida anónima y humilde, y de repente el Señor le pone la vida patas arriba diciéndole que va a ser la madre del Señor, evidentemente, esto trastoca su vida y lo mismo que nosotros se rebela, al principio, poniendo una excusa que a ella le parece muy convincente: "¿Cómo será esto puesto que no conozco varón?" (Lucas 1, 34), pero es de tontos ponerle pegas al Señor y a sus planes sobre nuestras vidas, él siempre es más poderoso, y su voluntad se impone, venciendo nuestras pobres excusas humanas: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y te cubrirá con su sombra" (Lucas 1, 35) Dicho y hecho, María, ya está decidido, hija mía ¿alguna excusa más? Y María aprendió a dar un giro de ciento ochenta grados a sus propios planes sobre su vida, a darle la vuelta a su voluntad como un calcetín, y decir, humildemente: "He aquí la sierva del Señor, hágase en mi según tu Palabra" (Lucas 1, 38) Y sin duda alguna, a lo largo de su vida, se repetiría muchas veces esta respuesta suya, tanto en lo bueno, como en lo malo.

Nuestras propias madres sufren por nuestras enfermedades, nuestras necesidades, nuestras hipotecas, si comemos bien o mal, con qué amistades nos movemos, si descansamos lo sufieciente, si tenemos buena cara, si en el trabajo nos van bien las cosas... Y MARÍA, como madre, tuvo que hacer lo mismo con Jesús: Tuvo que ponerse en camino, embarazada, montada en un borrico, para ponerse en camino porque una orden de Roma dispuso hacer un censo de población y tenían que ir a su ciudad de origen a empadronarse, en el camino se pone de parto, las posadas llenas por culpa del censo, buscar rápidamente un establo donde alojarse... ver como su hijo se perdía en una caravana, yendo de viaje (antes no había centros comerciales gigantes donde perder los niños, pero sí caravanas de mercaderes); también tuvo que verle partir un día de casa para hacer su propia vida; preguntándose si eran buenas esas juntas  (los discípulos) con las que iba recorriendo la región mientras predicaba  (¡si incluso fue a buscarle para llevarlo de vuelta a casa! (Mt 12, 47)); y también tuvo que asistir al espectáculo para el que ninguna madre está preparada: ver sufrir y morir a su hijo... (Juan 19, 25)...

MARÍA también RECIBIÓ EL ESPÍRITU SANTO. Ella fue la primera en experimentar la efusión del Espíritu Santo, haciéndose así muestra, botón, de todos nosotros: Primero, en la anunciación, como prueba de que el Señor cumple su Palabra en nuestras vidas: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y te cubrirá con su sombra" (Lucas 1, 35) y luego, en Pentecostés (Hechos 1, 14 - 2, 2-4) junto con los discípulos, para completar en ella la fuerza, el valor, el arrojo, el coraje de la iglesia naciente para predicar al Señor por toda la tierra, aunque su propia vida ya había sido una enseñanza hecha vida sobre su hijo, como hemos señalado.

Y nadie como MARÍA para enseñarnos que es posible VIVIR EN EL ESPÍRITU, mostrando en sí todo lo que la efusión del Espíritu Santo puede conseguir en nosotros:

a) Que la alabanza y la acción de gracias broten en nosotros: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque el  Poderoso ha hecho obras grandes por mí, su nombre es santo" (Lucas 1, 46-47.49) María es la primera en prorrumpir en alabanzas, en canto de acción de gracias al experimentar en su vida el Espíritu Santo, y lo hace dirigiéndose al Señor, como la más pequeña de los hombres: "porque ha mirado la humillación de su sierva" (Lucas 1, 48), y ese debe ser el motivo de nuestro constante alabar, dar gracias, alzar los brazos al cielo, cantar, reír, bailar, luchar y vivir... porque el Señor se ha fijado en nosotros.

b) MARÍA descubre el poder de la oración y la fuerza de la intercesión: Sucedió en CANÁ, estaban invitados el Señor y MARÍA a una boda, de repente los novios se quedan sin vino (¡sin vino en un banquete de boda, hábrase visto mayor despiste!) y MARÍA se da cuenta de la vergüenza y el apuro de los novios y le dice a su hijo: "No tienen vino" Jesús siente que áun no ha llegado el momento de darse a conocer mediante un milagro e intenta disimular, por eso le dice a su madre: "¿Y a nosotros qué nos importa?", pero MARÍA no le escucha, ya se ha adelantado diciéndole a los camareros de la fiesta: "Haced lo que él os diga" Y todos sabemos lo que pasó, que Jesús convirtió el agua en vino, y en un vino mejor incluso que el poco que habían previsto los novios para su banquete de bodas (Juan 2, 1-12).


MARÍA no se puso a rezar rosarios como una loca, ni se puso horas y horas delante del Señor, de rodillas, intentando arrancarle un favor, como hacemos nosotros cuando oramos; le bastó con descubrir una necesidad en sus hermanos, y con pocas palabras fue al grano "No tienen vino", es más, se fiaba tanto del Señor que se puso a dar instrucciones a los camareros de la boda sin saber si quiera si su hijo la estaba escuchando... ¡Ay, si fuéramos capaces de creérnoslo, cuántas maravillas haríamos y veríamos a nuestro alrededor! ¡Cuántos regalos del Señor nos perdemos por nuestra falta de fe, por lo estrecho de nuestra mirada! Que conste además que MARÍA no estaba pidiendo grandes cosas, sólo vino para un banquete de bodas, y ya sabemos lo que eso supone: invitados sonrojados, bailando, diciendo tonterías, haciéndole bromas a los novios... ¿Acaso es malo divertirse? Ese suele ser otro error que cometemos al orar, nos encanta pedir grandes milagros, grandes sanaciones, grandes imposibles y nos damos con un muro cuando nada de ello se cumple... ¿A que a nadie se le ocurriría orar diciendo, por ejemplo: Señor, venga ya, a ver si me toca ya la lotería? Y menos aún, como MARÍA, no esperar la respuesta, sino comprar el décimo y encima comprarme un capricho, de esos que mi economía no me permite, como si ya me hubiera tocado.... No hay que orar diciendo mi madre está deprimida, Señor, sánala, hay que orar diciendo ¡Señor, sánala ya! y a continuación, da igual lo que suceda, decir mamá, arréglate, ponte guapa, que esta noche te llevo al cine, salimos a la calle, cenamos en un buen restaurante y nos corremos una buena juerga madre-hijo ¿cuánto tiempo hace que no hacemos nada juntos? Si nosotros mismos no nos lo creemos ni ponemos de nuestra parte ¿qué milagros esperamos?

c) MARÍA descubre el servicio y la disponibilidad para sus hermanos. MARÍA se entera de que su prima ISABEL , está embarazada, y como sabe que está mayor se decide ir a su casa para ayudarla con las tareas propias de una mujer de aquella época, que no eran pocas, para que no estuviese sola los últimos meses de su embarazo (Lucas 1, 39-45). Supo olvidarse de sí misma, que también estaba ya embarazada, y le faltó tiempo para acudir en ayuda de quién lo necesitaba. Solemos quejarnos cuando estamos enfermos, o solos, o deprimidos, de que el Señor la ha tomado con nosotros, que no merecemos su favor, que nos ha abandonado.... pero lo que más nos duele es la soledad con la que solemos enfrentar los malos momentos... El Señor no tiene la culpa de que seamos tan dejados, tan descastados, tan insensibles con nuestros hermanos... y que nos creamos tampoco este grupo que decimos que estamos formando...


MARÍA es el ejemplo de que todos nosotros podemos VIVIR EN EL ESPÍRITU, os invito a que cojáis una Biblia, o un Nuevo Testamento, y leáis detenidamente, los dos primeros capítulos del Evangelio de Lucas, donde se cuenta toda la vida humana, como la tuya y la mía, de MARÍA. Y está mal que lo digamos aquí, como andaluces que somos, pero no está mal, de vez en cuando, bajar a MARÍA del trono, despojarla de los oros y las platas, de los vestidos lujosos, de los oropeles y las parafernalias con que la adornamos, como hijos que la aman exageradamente, y nos quedemos con MARÍA, mujer y madre, esposa, llena del Espíritu Santo, y si áun no eres capaz de verla, siéntate en un sillón y contempla a tu propia madre, mientras cose, lava, plancha, hace croché, guisa, ora o va a misa, contempla sus arrugas, su vejez, su corazón que no deja de latir, padecer y sentir por ti, y di para tus adentros: Esta es mi madre, esta es mi María, porque nadie hay en la historia que viva más en el Espíritu, que suspire por los problemas de la vida, alzando los ojos inconscientemente al cielo, presentando al Señor una y otra vez a los suyos, aunque no lo manifieste, que una madre.