martes, 27 de mayo de 2014

LA VIDA EN EL ESPÍRITU.- CATEQUESIS III.- CONVIÉRTETE A JESÚS


Que vuestro adorno no esté en el exterior, en peinados, joyas y modas, sino en lo oculto del corazón, en la incorruptibilidad de un espíritu dulce y sereno: esto es precioso ante Dios. Así se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que esperaban en Dios, siendo sumisas a sus maridos; así obedeció Sara a Abrahán, llamándole Señor.

(1 Pedro 3, 1-6)

Dice la Palabra, que el Señor  nos ha regalado esta semana, que nuestro adorno no esté en el exterior, en peinados, joyas y modas, sino en lo oculto del corazón, en la incorruptibilidad de un espíritu dulce y sereno... Un espíritu dulce y sereno: estas actitudes, que deberían estar presentes en todos nosotros, son las que nos ayudan a CONVERTIRNOS A JESÚS, para poder proclamarle y llamarle SEÑOR, como decíamos la semana pasada.

Hablamos de CONVERSIÓN y enseguida nos imaginamos escenas de lágrimas, arrepentimiento, exámenes de conciencia, de rodillas ante un confesionario y penitencias... Hemos distorsionado tanto el AMOR DE DIOS, como decíamos hace dos días, que somos incapaces de pensar en CONVERTIRNOS si no es haciendo uso de las imágenes antes señaladas...

Pero ¿qué es CONVERTIRSE A JESÚS?... Imaginemos un niño pequeño, que pasea con su madre, y le dice: "Hijo, no corras, que te vas a caer"  y el niño desobedece, y efectivamente, tropieza y se cae. El niño pequeño no podría nunca valorar y comprender el amor y el cuidado de su madre, cuando le cura la herida y le consuela, si primero, haciendo uso de su libertad, no desobedece a su madre y tropieza y se cae. CONVERTIRSE A JESÚS es decirse mentalmente, la próxima vez que tenga ganas de correr, no lo haré, porque si tropiezo y caigo, mi madre se preocupará y sufrirá por mí, aunque sé que si, a pesar de todo, de nuevo me tropiezo y caigo, contaré de nuevo con mi madre para levantarme y sanar mi herida.

CONVERTIRSE A JESÚS es saber actuar en nuestra vida, en todo lo que hagamos, desde trabajar, tomarse una cerveza, ir a misa, asistir a la reunión de la comunidad de vecinos, o salir con mis amigos... a la luz de ese faro interno, que alumbra nuestro corazón, que es el AMOR DE DIOS. Es reconocer en todo momento que si JESÚS ES MI SEÑOR... ¿Cómo actuaría el Señor en este caso concreto? y obrar en consecuencia.

CONVERTIRSE A JESÚS significa ser consciente de mis propias debilidades, pobrezas y flaquezas, y no avergonzarse cuando me deje dominar por ellas, sino al contrario, confiadamente decir: ¡Señor, ven en mi auxilio, date prisa en socorrerme! (Salmo 70).

CONVERTIRSE A JESÚS es experimentar en nuestra vida la contradicción que supone, como muy bien expresa San PABLO en su carta a los Romanos: Realmente mi proceder no lo entiendo, pues no hago el bien que quiero, sino que hago el mal, que no quiero (Romanos 7, 15). Cúantas veces no hemos experimentado la incapacidad de llevar a cabo nuestras buenas intenciones y propósitos, desde el más noble, como ser mejor esposo, mejor amigo, mejor compañero, o el más tonto, como hacer dieta, aprender un idioma o estudiar... y cuántas veces no hemos experimentado el desánimo, o el cargo de conciencia, después de dar una mala palabra a una persona, o haber peleado con alguien, o haber dejado de hacer algo importante... todo eso forma parte de la condición humana, y no debe desalentarnos, porque el Señor ya conoce la pasta de la que estamos hechos, por eso, constantemente, invocamos su ayuda diciendo: ¡Señor, ven en mi auxilio, date prisa en socorrerme! Porque el Señor no mira nuestras joyas, peinados y modas, como dice la Palabra de hoy, es decir, no mira nuestros resultados, lo que mira verdaderamente es lo oculto de nuestro corazón, nuestras intenciones, al menos sí, que éstas sean buenas y nobles.

CONVERTIRSE A JESÚS es reproducir en nosotros las actitudes de MARIA MAGDALENA, la prostituta, o de MATEO, el recaudador de impuestos, o de FOTINA, el nombre que da la tradición ortodoxa a la mujer adúltera que el Señor encontró junto al pozo de SICAR, o del hijo pródigo que despreció a su padre por sus riquezas, o del centurión romano... de tantos que, reconociendo su debilidad, se pusieron realmente en la presencia del Señor y le dijeron, con corazón abierto: Perdóname, necesito de tu abrazo... Y cuando sientas ese abrazo del Padre bueno del Cielo, que te estruja en sus brazos mientras dice: Hay que hacer una fiesta, porque este hijo mío estaba perdido y lo he encontrado de nuevo (Cfr. Lucas 15, 32), entonces sabrás que te has CONVERTIDO A JESÚS.