domingo, 20 de abril de 2014

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

CRISTO, NUESTRA PASCUA,
HA RESUCITADO ¡ALELUYA!


Os acordáis que os dijimos hace poco que nuestro hermano @cuartapobreza había pintado el CIRIO PASCUAL que ha regalado a la parroquia de SAN CEICILIO en GRANADA. Y que el Viernes Santo os dijimos que también él había estado orando e intercediendo por todos nosotros, porque su oración, como él dice, es precisamente ésta, la creación artística, en sus mismas palabras "aunque nadie se lo crea, en cada pincelada, cada detalle, cada gesto de poner pan de oro está mi oración, una intención en cada pincelada de todas las que tengo en la cabeza, o me encomiendan", si el resultado es fruto de su oración, a la vista está que es tanto un gran artista, como un gran hombre de oración.

Y dada la riqueza simbólica de todo lo representado en el cirio, es por lo que se hace necesaria la siguiente explicación, a modo de catequesis:

En la base del cirio se aprecian, como su suelo y sustento, una corona de ocho granadas que representan los ocho barrios de GRANADA: Norte, Beiro, Chana, Albaicín, Centro, Ronda, Zaidín y Genil. Sin embargo en esta corona de granadas al pie del cirio destacan con fuerza dos de ellas:

Una, que en la parte frontal, sostiene a su vez el escudo de la Cofradía de Favores y Misericordia, en clara alusión al Realejo, y otra en la parte posterior, que contiene un pequeño relicario con tierra de la cueva donde se encontró, en el Sacromonte, las reliquias de San CECILIO, primer obispo y mártir de nuestra ciudad. De esta forma se significa que la fe, que celebramos en Cristo resucitado, representado en la totalidad del Cirio Pascual, como dice San PABLO “si Cristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe” (1 Corintios 15,14), tiene su asiento en GRANADA, por el testimonio de San CECILIO, que a su vez arraiga con fuerza en esta parroquia, que le honra y venera como su titular. A su vez, el martirio de San CECILIO nos recuerda la cruz de los cristianos, la que hemos de llevar todos los discípulos, como nos exige Cristo “si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz y me siga” (Mateo 16,24), testimonio que constantemente ofrece esta Cofradía y esta parroquia, enclavando la Cruz en el corazón mismo de la ciudad, el CRISTO DE LOS FAVORES, en el Campo del Príncipe.

Siguiendo con la lectura ascendente del Cirio Pascual, advertimos, como hemos dicho antes, que de esa corona de granadas brota un gran granado, cuyo tronco se nos presenta partido en dos, representando las dos naturalezas de Cristo, su condición humana y su condición divina, representados cromáticamente también en el negro de nuestra humanidad, del barro y el pecado, y en el rojo de la sangre de Cristo, redentora y entregada por nosotros, así nos lo dice la Escritura:

“Cristo a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango, y se hizo hombre” (cfr Filipenses 2,6-7). 

Este granado da fruto en el centro, en doce granadas, que quieren evocar al espectador la imagen de los doce apóstoles, los pilares de la Iglesia, del nuevo pueblo de Dios (como antaño fuera en pueblo de Dios escogido en las doce tribus de Israel), como dice el Apocalipsis “la muralla de la ciudad tiene doce piedras de cimiento, que llevan los nombres de los doce apóstoles” (Apocalipsis 21,14), una de las granadas, no obstante, no ha madurado, no se ha abierto, no ha dado fruto granado, es la que representa a JUDAS, y con ella, todas las actitudes que en nosotros impiden que confesemos al Señor.

De estas doce granadas, empero, hay cuatro de ellas que rozan “la mandorla” (nombre iconográfico que recibe el nimbo que circunscribe la representación de Cristo), lo que no es un detalle casual, de esta forma confesamos que nuestro Dios es uno y trino: “UNO” porque no hay otro fuera de él, como dice la Escritura, “escucha Israel, el Señor es nuestro Dios, uno es el Señor” (Deuteronomio 6,4) y “TRINO”, por la vida íntima del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, porque esta es nuestra fe, la que profesamos  al recitar el Credo, la que significa este Cirio en medio de la vida de esta parroquia, la que van a recibir los que se bautizan en la Santa Noche de la Vigilia Pascual, siguiendo el mandato de Cristo “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28,19).

Todavía, sin tener aún altas miras, al nivel del suelo del Cirio Pascual, notamos la presencia de dos pavos reales. Hay que indicar en este punto que los pavos reales han sido desde siempre una de las representaciones más antiguas de la resurrección cristiana, apareciendo por ejemplo en las primeras catacumbas cristianas, del Siglo I, en ROMA o en el Mausoleo de Santa Constanza, también en ROMA, que es del Siglo IV. Interesa en este punto recordar las palabras del Papa San CLEMENTE Carta a la Iglesia de Corinto (tercer sucesor desde PEDRO) que sobre la imagen del pavo real advertía “se tiene la creencia que esta ave muere enterrada en un ataúd de incienso y mirra, pero es apariencia, pues luego renace y va al sol, de donde procede”, como de la misma manera, hemos escuchado en el Evangelio como Cristo fue ungido para su sepultura, donde habría de encontrarle, resucitado y glorioso MARÍA MAGDALENA en el encuentro del jardín. Por eso los pavos no miran a la cruz, sino hacia el centro de la escena, donde se encuentra, glorioso, el icono de Cristo Resucitado.

Todo el cirio se nos muestra en fondo azul, que va cogiendo color en orden ascendente, desde un azul más claro en el fondo hasta un azul marino, oscuro en todo lo alto, llegando al nivel de la corona de granadas de la parte superior, de esta forma se representa –jugando con el color- que la vida de los creyentes ha de ir madurando desde las aguas del bautismo (el azul claro) de donde todo brota, todo nace, hasta Pentecostés, con la venida del Espíritu Santo, nacimiento a su vez de la Iglesia, y por quien todos podemos confesar, como dice San PABLO “nadie puede decir, Jesucristo es el Señor si no es por el Espíritu Santo” (1 Corintios 12,3), plenitud del Espíritu Santo en sus dones (Sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios) y en sus frutos, de los que nos dice San PABLO son: “Amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí” (Gálatas 5,22) que animan la vida de la Iglesia y de los fieles, por eso la corona de Granadas, por la abundancia de sus granos, la riqueza de su fruto, todos iguales, todos diferentes, como los dones y carismas que cada uno de nosotros hemos recibido.

Estos dones, carismas y frutos del Espíritu Santo se reparten por todo el cirio, engalanándolo, como hace el Espíritu con la Iglesia, su esposa, en este tiempo pascual “lucías joyas de oro y plata y vestidos de lino, seda y bordado; comías flor de harina, miel y aceite; estabas guapísima y prosperaste más que una reina” (Ezequiel 16,13) por medio de todas las perlas que lo adornan, de las que hay que destacar dos de ellas por su importancia: Una, la que se encuentra más cerca de la cruz, junto a los pavos reales, significando el “lucero vespertino”, ese anuncio en la tiniebla de Cristo resucitado, y otra, en el nivel superior, como “lucero del alba” que confirma la Resurrección de Cristo, como nos ha recordado el pregón pascual “Que el lucero del alba encuentre este cirio encendido”.

En el centro del Cirio, que por sí mismo, de forma litúrgica representa a Cristo resucitado, el icono de Cristo, enmarcado, como hemos adelantado antes, por una “mandorla”, nombre que recibe iconográficamente el nimbo que circunscribe la imagen de Cristo, dando a entender su gloria, su inmarcesibilidad, esto es, su incapacidad para ser enmarcado, ser contenido, por mostrase en su gloria, por eso Cristo advierte a MARÍA MAGDALENA pese a su euforia por encontrarle resucitado “Noli me tangere!” (“No me toques, pues aún no he subido al Padre” Juan 20,17), nuevamente, la humanidad y la divinidad de Cristo quedan significadas en el color de su manto y de su túnica, azul y rojo, rojo por su humanidad, azul por su divinidad, y porta una estola dorada, en su triple condición de “sacerdote, profeta y rey” al tiempo que, de la misma manera “víctima, sacerdote y altar”.

Cristo, en la majestad de su gloria triunfante, nos bendice con su mano derecha, mientras que en la izquierda sostiene un libro abierto, como dice el salmista, refiriéndose a Cristo “escrito está en el libro, aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” (Salmo 40,7), de esta forma Cristo se nos muestra como Maestro, que nos enseña a hacer la voluntad del Padre, con un deseo “favor misericordiaque ad populum meum” (“mi favor y mi misericordia para todo el pueblo”) en clara alusión a la vida de esta comunidad parroquial, animada siempre por los favores y la misericordia con que el Señor constantemente les bendice. Otro guiño a la Hermandad y a la parroquia, no comentado en su momento, es el color negro y rojo en que se divide el tronco del granado, en alusión clara a los colores oficiales de la hermandad.

La presencia de las letras “alfa y omega” en el cirio, y que han de estar presentes, necesariamente en todos los cirios pascuales, es un mandato litúrgico que evoca las palabras de Cristo “Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, el que es, el que era y el que ha de venir, el todopoderoso” (Apocalipsis 1,8) y que se ubican en la parte superior del cirio pascual, donde el azul se tornaba más oscuro, donde se alcanza la corona de granadas, donde se verifica el triunfo definitivo de Cristo resucitado.

Litúrgica es también la presencia de los cinco granos de incienso, signo de las llagas gloriosas de Cristo, heridas de fracaso en la cruz que se convierten ahora en joyas del resucitado, como pudiera comprobar el incrédulo de TOMÁS “mete tu dedo en mi llaga y comprobarás que soy yo” (Juan 20,27), sobre estos granos de incienso el sacerdote ha invocado la protección de Cristo exclamando con voz potente “por tus llagas, santas y gloriosas, nos protejas y nos guardes, Jesucristo, Nuestro Señor”, y este acontecimiento es nuevo, cada año diferente, por eso se estrena cada año un cirio nuevo, por eso se señala con los números del año corriente, 2014, porque Cristo sale a nuestro encuentro cada año en una circunstancia distinta: Este año, marcado por la crisis, el paro, la desesperación, los desahucios, niños que lloran de hambre, ancianos buscando en contenedores de basura, aumento de los mendigos en nuestras calles… las llagas de la humanidad herida de Cristo adquieren una importancia casi exagerada, casi escandalosa, que nos interpela una y otra vez, como bien ha dicho el Papa FRANCISCO: 

Y las llagas de JESÚS tú las encuentras haciendo MISERICORDIA, dando al cuerpo – al cuerpo – y también al alma, pero – subrayo – al cuerpo de tu hermano llagado, porque tiene hambre, porque tiene sed, porque está desnudo, porque es humillado, porque es esclavo, porque está en la cárcel, porque está en el hospital. Estas son las llagas de Jesús hoy. Y Jesús nos pide que hagamos un acto de fe, en Él, pero a través de estas llagas. (…) Debemos tocar las llagas de Jesús, debemos acariciar las llagas de Jesús, debemos curar las llagas de Jesús con ternura, debemos besar las llagas de Jesús, y esto literalmente. Pensemos en lo que le sucedió a San FRANCISCO, cuando abrazó al leproso. Lo mismo que a TOMÁS: ¡su vida cambió!”. Para tocar al Dios vivo no sirve “hacer un curso de reciclaje” sino entrar en las llagas de Jesús y para esto “es suficiente ir por la calle”.

Todo ello enclavado en una cruz roja enmarcada de oro, de esta manera, la sangre del fracaso “aparente” de Cristo en la Cruz, como del fracaso “aparente” de esta sociedad nuestra en todas sus carencias y necesidades, se torna triunfo en la victoria de Cristo sobre la muerte, en la victoria de la solidaridad sobre todas estas necesidades, lo que representa la orla dorada que engalana la cruz.

Por eso la cruz llagada está al nivel del suelo, al nivel del azul claro, de las aguas de nuestro bautismo, como dijimos, porque somos hermanos, porque somos Iglesia, porque como dice San JUAN “Quien dice que ama a Dios, a quien no ve, pero no ama a su hermano, al que ve, es simplemente un mentiroso” (1 Juan 4,8), porque como ha dicho el Papa FRANCISCO, esto sólo es posible “andando por la calle, viendo la necesidad” y no podríamos dar testimonio, en esta comunidad parroquial y en esta hermandad, de los favores que recibimos del Señor, si no compartimos ese favor con nuestros hermanos necesitados; no podríamos ser testimonio de la misericordia de Dios, si no tenemos misericordia de nuestros hermanos necesitados; y todo ello es posible, porque cada domingo, celebramos la Eucaristía, Cristo vivo y presente en medio de nosotros, de donde todo brota y a donde todo tiende, como la corona de uvas (sobre la que todos han preguntado tanto) que corona el cirio, la sangre de Cristo entregada, Eucaristía, “pan partido y repartido para todos nosotros”, en alusión igualmente al carácter sacramental de la Cofradía en su Hermandad Sacramental de la Paz.