domingo, 27 de abril de 2014

DOMINGO DE LA MISERICORDIA - II DE PASCUA

Hoy se celebra el Domingo II de Pascua, que por decisión de JUAN PABLO II quedó consagrado a la celebración de la MISERICORDIA del Señor, en la advocación revelada, dada a conocer y difundida por la beata FAUSTINA KOWALSKA, y que venimos celebrando precisamente desde el 30 de Abril del año 2.000, fecha que coincide además con la beatificación de la mencionada religiosa. Sin embargo a nadie escapa que hoy es un domingo especial, por vez primera en la historia de la Iglesia, como me ha gustado señalar en las redes sociales estos días, veremos el acontecimiento histórico de que "el Papa ejerciente, FRANCISCO, concelebre junto con el Papa saliente, BENEDICTO XVI, la canonización de los dos papas precedentes, JUAN PABLO II y JUAN XXIII".


Desde la pobreza de quien escribe no voy a decir mucho más sobre la figura de los dos grandes pontífices que serán canonizados hoy, pero sí del hecho de que al ser declarados santos la Iglesia los pone como modelos, y esto quiere decir, como sucede con los santos modernos, nos resultará mucho más fácil, porque todos le hemos conocido y visto en vida, al menos por JUAN PABLO II, y en consecuencia será más fácil aprender de él e imitarle, siempre tendremos el ejemplo de su entrega valiente y decidida hasta el final, pese a que al mundo le repugnaba esa exposición, y es que -esta es mi opinión personal- al mundo no le suelen gustar los temas "últimos", es decir, la enfermedad, la limitación, la decadencia, la vejez y la muerte, por eso la tendencia de las sociedades modernas de esconder a los ancianos de la sociedad, y recluirlos en asilos, porque se convierten en referente de a donde todos caminamos, nos guste o no, que nos creemos eternos, y en este sentido, el testimonio público de JUAN PABLO II es simplemente demoledor.

Y si algo hemos de aprender, al margen, de la festividad litúrgica de hoy es a "ser compasivos y misericordiosos" con nuestros hermanos, mostrando al mundo la misericordia de Dios, Padre bueno del Cielo, y para ello, os comparto esta CARTA DE FRANCISCO A UN MINISTRO, en el que trata de como ser misericordiosos, además, ahora que estamos en plena CUENTA DEL OMER, me hace gracia que se diga, en las letras de FRANCISCO, que "conserve y guarde el documento hasta Pentecostés":

A fray N., ministro: 

El Señor te bendiga. 

Acerca del caso de tu alma, te digo, como puedo, que todo aquello que te impide amar al Señor Dios, y quienquiera que sea para ti un impedimento, trátese de frailes o de otros, aun cuando te azotaran, debes tenerlo todo por gracia. Y así lo quieras y no otra cosa. Y tenlo esto por verdadera obediencia al Señor Dios y mí, porque sé firmemente que ésta es verdadera obediencia. Y ama a aquellos que te hacen esto. Y no quieras de ellos otra cosa, sino cuanto el Señor te dé. Y ámalos en esto; y no quieras que sean mejores cristianos. Y que esto sea para ti más que el eremitorio. Y en esto quiero conocer si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hicieras esto, a saber, que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia, si pide misericordia. Y si él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos. Y, cuando puedas, haz saber a los guardianes que, por tu parte, estás resuelto a obrar así. 

Y de todos los capítulos de la Regla que hablan de los pecados mortales, con la ayuda del Señor, en el capítulo de Pentecostés, con el consejo de los hermanos, haremos un capítulo de este tenor: Si alguno de los hermanos, por instigación del enemigo, pecara mortalmente, esté obligado por obediencia a recurrir a su guardián. Y todos los hermanos que sepan que ha pecado, no lo avergüencen ni lo difamen, sino tengan gran misericordia de él, y mantengan muy oculto el pecado de su hermano; porque no necesitan médico los sanos sino los que están mal. De igual modo, estén obligados por obediencia a enviarlo a su custodio con un compañero. Y el custodio mismo que lo atienda con misericordia, como él querría que se le atendiera, si estuviese en un caso semejante. Y si cayera en un pecado venial, confiéselo a un hermano suyo sacerdote. Y si no hubiera allí sacerdote, confiéselo a un hermano suyo, hasta que tenga un sacerdote que lo absuelva canónicamente, como se ha dicho. Y éstos no tengan en absoluto potestad de imponer otra penitencia sino ésta: Vete, y no quieras pecar más.

Para que este escrito sea mejor observado, tenlo contigo hasta Pentecostés; allí estarás con tus hermanos. Y, con la ayuda del Señor Dios, procuraréis completar estas cosas y todas las otras que se echan de menos en la Regla.