martes, 11 de febrero de 2014

MENSAJE XXII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

 
Con ocasión de la XXII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO, que este año tiene como lema "Fe y caridad: «También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3,16)", la Iglesia nos propone una doble reflexión:
 
Por un lado, acordarnos especialmente de todas las personas enfermas, hermanas nuestras, así como de todas otras aquellas que les prestan asistencia y cuidado, y que comprenden, además del personal sanitario, también a todos los familiares que se consagran, voluntariamente o no, al cuidado de sus seres queridos enfermos.
 
Por otra parte, nos invita a reconocer en las personas enfermas, de forma privilegiada  una "presencia especial de Cristo que sufre". De esta forma, todos los que conviven frente a la enfermedad podrán dar un nuevo sentido, una lectura nueva, o si se quiere, vivir desde la esperanza cristiana "ante el misterio del amor de Dios por nosotros, que nos infunde esperanza y valor: esperanza, porque en el plan de amor de Dios también la noche del dolor se abre a la luz pascual; y valor para hacer frente a toda adversidad en su compañía, unidos a él" de esta manera, siendo la jornada en Febrero, de alguna manera nos ayuda también a ir encarrilando nuestro camino cuaresmal, que culminará en el triunfo de Cristo resucitado.
 
Una vez más el Papa FRACISCO, como ya hiciera el propio BENEDICTO XVI en su mensaje del año pasado, nos invita en su mensaje, a fijarnos en la figura icónica del "Buen Samaritano" pero no como un ejemplo en el que nos tenemos que mirar, sino como una actitud interior que brota de nuestro propio compromiso bautismal, en virtud del cual "estamos llamados a configurarnos con Cristo, el Buen Samaritano de todos los que sufren" porque, como señala el Papa acertadamente «en esto hemos conocido lo que es el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Juan 3,16). Y enumera alguna de las actitudes que han de brotar en nosotros, como "buenos samaritanos" de todos nuestros hermanos y especialmente de los enfermos, los que sufren y los que padecen; nada del otro mundo, por lo demás, ya que deberían ser las actitudes vitales de todo cristiano: la ternura, la esperanza, la entrega generosa y la sonrisa de Dios ¿por qué no? en medio de las contradicciones del mundo.
 
Prosigue el Papa FRANCISCO indicando que nuestro modelo para reproducir en nosotros todas estas actitudes no puede ser otro sino el de MARÍA: "Madre de Jesús y Madre nuestra, atenta a la voz de Dios y a las necesidades y dificultades de sus hijos. María, animada por la divina misericordia, que en ella se hace carne, se olvida de sí misma y se encamina rápidamente de Galilea a Judá para encontrar y ayudar a su prima Isabel; intercede ante su Hijo en las bodas de Caná cuando ve que falta el vino para la fiesta; a lo largo de su vida, lleva en su corazón las palabras del anciano Simeón anunciando que una espada atravesará su alma, y permanece con fortaleza a los pies de la cruz de Jesús. Ella sabe muy bien cómo se sigue este camino y por eso es la Madre de todos los enfermos y de todos los que sufren".
 
Y no es el Papa FRANCISCO un iluso que se quede sólo en la presentación de las actitudes que han de animar el trabajo de quienes cuidan a los enfermos, sino que teniendo en cuenta la enfermedad, desde la perspectiva del enfermo, les recuerda que la enfermedad, lo mismo que el sufrimiento, la muerte y todo aquello que no comprendemos, forma parte de la cruz «certeza del amor fiel de Dios por nosotros. Un amor tan grande que entra en nuestro pecado y lo perdona, entra en nuestro sufrimiento y nos da fuerza para sobrellevarlo, entra también en la muerte para vencerla y salvarnos…"