domingo, 1 de diciembre de 2013

LAS GLORIAS DE MARÍA EN EL ADVIENTO


Había una canción, de la Virgen María, que se cantaba mucho en el colegio de mi hermana, y cuya letra decía así:
 
Era Nazaret de Galilea,
una casa humilde y una flor,
alababa a Dios en sus tareas,
estaba sumida en oración.
Un ángel del Señor,
se apareció felíz:
“¿Quieres, María, ser Madre de Dios?
De gracia llena estás,
Dios se complace en ti:
¡Dime, María, dime ya que sí!”

Y en este punto de la canción nos vamos a detener.
 
Consideremos por un momento la escena, Dios todopoderoso, por medio del arcángel GABRIEL, se comunica con una simple criatura, por más selecta y escogida que fuera desde su INMACULADA CONCEPCIÓN, y se abaja, hasta el punto de “pedirle permiso”. Hay que aclarar, con todo, que la escena de la anunciación, tal y como se presenta en el evangelio (Lucas), no refleja del todo esta idea de “pedir permiso”: El ángel le cuenta a MARÍA los planes de Dios, ella, tímidamente, propone una legítima y racional objeción puramente humana, el ángel se la acalara y ella asiente con la consabida expresión: “Hágase en mí, según tu Palabra(Lucas 1, 26-38).
 
Sin embargo, frente a la exposición del evangelio, pareciera que ha arraigado en el sentir popular la idea de que Dios “pida permiso” a MARÍA, aunque esta idea no es del todo descabellada, ni va en contra de la Palabra de Dios, ya que si hay algo que nos enseña la Biblia, es precisamente, lo contrario, Dios no suele ser muy amigo de exponer sus planes, consultarlos siquiera con nosotros, y mucho menos necesita de nuestra respuesta para imponer su voluntad.
 
Así, Santo TOMÁS de AQUINO, en su “Suma TeológicaArtículo 6, haciendo referencia a la voluntad de Dios, hace una afirmación, entre otras cosas, demoledora, y no era palabra suya, sino que cita, dura y descarnadamente, la misma Palabra de Dios: “Todo lo que Dios quiere, lo hace” (Salmo 113, 11) y como se suele decir, en el argot vulgar: “¡Y punto y pelota!”.
 
Y es que, en este punto, la Palabra de Dios no admite malas interpretaciones, ni pañitos de agua caliente, ni vaselinas: Dios es tan grande, y todopoderoso, que su voluntad se impone siempre, sin que tengamos nada que hacer al respecto, como pobres criaturillas que somos, hechura de sus manos:
 
Ya lo dijo bien, el rey DAVID, en sus Salmos:
 
“Tu Palabra Señor, es eterna, más estable que el cielo” (Salmo 119)
 
Y en ello mismo insisten, de forma unánime, los profetas del Antiguo Testamento:
 
Esto dice el Señor: No se retrasarán más mis palabras; lo que diga lo haré -oráculo del Señor-. (Ezequiel 12, 28)
 
De antemano yo anuncio el futuro; por adelantado, lo que aún no ha sucedido. Digo: Mi designio se cumplirá, mi voluntad la realizo. (Is 46, 10)
 
Ante estas afirmaciones, es evidente, que nadie, jamás, ha osado discutirle a Dios su voluntad, o enmendarle la plana, aunque a veces, precisamente, nos parezca lo contrario, pensemos por ejemplo en este célebre diálogo entre Dios y el más fiel de sus siervos, ABRAHÁN (Génesis 18, 20-38):
 
Después dijo el Señor: La denuncia contra Sodoma y Gomorra es seria y su pecado es gravísimo. Voy a bajar para averiguar si sus acciones responden realmente a la denuncia. Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán. Entonces Abrahán se acercó y dijo: ¿De modo que vas a destruir al inocente con el culpable? Supongamos que hay en la ciudad cincuenta inocentes, ¿los destruirías en vez de perdonar al lugar en atención a los cincuenta inocentes que hay en él? Lejos de ti hacer tal cosa! Matar al inocente con el culpable, confundiendo al inocente con el culpable. ¡Lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia? El Señor respondió: Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos. Abrahán repuso: Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Supongamos que faltan cinco inocentes para los cincuenta, ¿destruirás por cinco toda la ciudad? Contestó: No la destruiré si encuentro allí los cuarenta y cinco. Abrahán insistió: Supongamos que se encuentran cuarenta. Respondió: No lo haré en atención a los cuarenta. Abrahán siguió: Que no se enfade mi Señor si insisto. Supongamos que se encuentran treinta. Respondió: No lo haré si encuentro allí treinta. Insistió: Me he atrevido a hablar a mi Señor. Supongamos que se encuentran veinte. Respondió: No la destruiré, en atención a los veinte. Abrahán siguió: Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. Supongamos que se encuentran allí diez. Respondió: En atención a los diez no la destruiré.
 
Pudiera parecer que ABRAHÁN osa discutir con Dios, "poner –como se dice vulgarmente- en sol fa" su voluntad, que regatea con Dios como si esto fuera posible, pero el texto es engañoso, fuera de contexto, pues como sabemos, SODOMA y GOMORRA fueron ciertamente destruídas ¿Significa esto que Dios impuso su voluntad? Hay que responder afirmativamente. ¿Significa esto que la oración de ABRAHÁN no sirvió para nada? Pudiera parecer que sí, que no sirvió para nada, al menos para las ciudades de SODOMA y GOMORRA, pero es que el diálogo anterior y que Dios se dignara a discutir con ABRAHÁN no pretende enseñarnos que ABRAHÁN cambie la voluntad de Dios, sino todo lo contrario, que, por medio de este regateo aparente era la voluntad de ABRAHÁN la que se iba conformando, aceptando, haciéndose sumisa a la voluntad de Dios.
 
Y es que si hay algo en lo que somos expertos, los seres humanos, pese a lo inútil que resulta, que es pretender imponer nuestra voluntad sobre la de Dios, cuando ni siquiera tenemos forma de conocerla, ya lo advierte el profeta (Isaías 40,13):
 
“¿Quién conoce la voluntad de Dios? ¿Quién fue su consejero?”
 
O de una forma más poética, teniendo en cuenta que Dios es el sumo hacedor, y nosotros hechura de sus manos, arcilla modelada entre sus manos, insiste el profeta (Isaías 45, 9) en esta idea:
 
“¡Ay del que pleitea con su artífice, vasija contra el alfarero! ¿Acaso dice la arcilla al artesano: Qué estás haciendo, tu vasija no tiene asas?”
 
Y en este punto es donde se manifiesta en todo su esplendor el Misterio de la Encarnación de Jesucristo en MARÍA. Interrumpimos nuestra canción de entrada en el momento en que el ángel hace la pregunta crucial “¿Quieres, María, ser madre de Dios?” y todo, en este preciso instante, podemos decir sin miedo a exagerar, parafraseando a San PABLO(Filipenses 2,10), “en el cielo, y en la tierra, y en el abismo”, se detuvo para esperar la respuesta de MARÍA.
 
Y ¿por qué decimos que todo se detuvo? Porque Dios, desde el momento en que nos creó como seres libres y racionales, dejando toda la creación en manos del hombre, según el mandato hecho a ADÁN y EVA(Génesis 1,28)Creced, multiplicáos y someted la tierra” no puede estar constantemente interfiriendo en la naturaleza si es que quiere respetar la libertad con la que nos ha dotado y las leyes de la naturaleza según el orden creado. Dios no puede ser, al mismo tiempo, como bien explicaron los filósofos antiguos: “El reloj y el relojero”. Sin embargo, no siendo menos cierta la afirmación del apóstol San JUAN(1 Juan 4,8)Dios es amor” y el amor necesita, por propia definición, comunicarse, volcarse, transmitirse con toda intensidad sobre el objeto amado (que se lo pregunten, si no, a los novios que viven separados por cualquier circunstancia de la vida), y tarde o temprano este encuentro entre Dios y el hombre, por amor de Dios, tenía que producirse, siendo tal la conmoción, del encuentro de Dios con su criatura, o de el todopoderoso con la nada, que necesariamente se produce una quiebra en todo lo creado, todo se detiene en este punto de contacto, que no es otro que el encuentro del ángel con la virgen MARÍA.
 
Esta pausa de todo lo creado la refieren, por ejemplo, los evangelios apócrifos, aunque refiriéndola a un momento posterior, el nacimiento de Jesucristo, la verdadera y definitiva irrupción de Dios en la historia, mientras San JOSÉ, que aún no sabe la noticia, va buscando una partera (Protoevangelio de Santiago XVIII, 2):
 
Y yo, José, avanzaba, y he aquí que dejaba de avanzar. Y lanzaba mis miradas al aire, y veía el aire lleno de terror. Y las elevaba hacia el cielo, y lo veía inmóvil, y los pájaros detenidos. Y las bajé hacia la tierra, y vi una artesa, y obreros con las manos en ella, y los que estaban amasando no amasaban. Y los que llevaban la masa a su boca no la llevaban, sino que tenían los ojos puestos en la altura. Y unos carneros conducidos a pastar no marchaban, sino que permanecían quietos, y el pastor levantaba la mano para pegarles con su vara, y la mano quedaba suspensa en el vacío. Y contemplaba la corriente del río, y las bocas de los cabritos se mantenían a ras de agua y sin beber.
 
Y en este preciso momento, en que todo lo creado, contiene la respiración, bien pudiéramos hacer nuestras las palabras de San BERNARDO:
 
¡Responde ya, oh Virgen, que nos urge! Señora, di la palabra que ansían los cielos, los infiernos y la tierra. Ya ves, que el mismo Rey y Señor de todos, se ha prendado de tu belleza y desea ardientemente el asentimiento de tu palabra, por la que se ha propuesto salvar al mundo. Hasta ahora le has complacido con tu silencio. Pero ahora suspira por escucharte. Tú eres la mujer, por medio de la cual, Dios mismo, nuestro Rey, dispuso desde el principio realizar la salvación del mundo. ¡Contesta con prontitud al ángel! ¿Qué digo yo? ¡Al Señor mismo en la persona del ángel! Di una palabra y recibe a la Palabra; pronuncia la tuya y engendra la divina; expresa la transitoria y abraza la eterna. Es encantador el silencio pudoroso, pero es más necesaria la palabra sumisa. ¡Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento y las entrañas al Creador!
 
Y aún tuvo tiempo MARÍA de exponer una objeción, la canción de la que os hablé al principio, continúa de la siguiente manera:
 
¿Cómo seré virgen, siendo madre,
cómo de mi tallo brotará?
 
Y viene la explicación del ángel. Dios se digna, cosa rara en él, como dijimos antes, a dar explicaciones sobre sus planes (Lucas 1, 34-37):
 
“El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te hará sombra; por eso, el consagrado que nazca llevará el título de Hijo de Dios. Mira, también tu pariente Isabel ha concebido en su vejez, y la que se consideraba estéril está ya de seis meses. Pues nada es imposible para Dios”.
 
Fijáos en lo que Dios hace decir al ángel, en su diálogo con MARÍA: “Nada hay imposible para Dios”, ciertamente, Dios todopoderoso podía haber hecho las cosas de otra forma, valiéndose de todo su poder, podía reirse de nosotros, pícaramente, diciéndonos algo así como una célebre canción de los años ochenta:
 
No soy más que vuestra fantasía,
tantas veces soñastéis que se hizo realidad,
pero lo que vosotros no sabiáis, es que los sueños no se pueden dominar.
Cuando creéis que me véis, cruzo la pared,
Hago ¡chas! y aparezco a vuestro lado.
Queréis ir tras de mí ¡pobrecitos de vosotros, no me podéis atrapar!
 
Es decir, Dios no necesitaba para absolutamente nada el permiso de MARÍA, ni la intervención humana, ni ninguna mediación, bien pudo aparecerse, sin más, en medio de la historia… Cabría preguntarse entonces, en última instancia ¿Por qué, para qué? Y aquí, llegados a este punto de nuestra reflexión, es donde entra el misterio de la Encarnación, mucho más sublime que el de la Resurrección porque podemos concebir que Dios todopoderoso resucite a un muerto (Si Jesucristo, siendo humano, lo hizo de LÁZARO ¿No pudo hacerlo, igualmente Dios, de su hijo, que era hombre?), pero no podemos concebir que Dios, siendo infinito y todopoderoso, pueda hacerse el sumo pequeño y ser contenido en el seno de MARÍA.
 
San LUIS MARÍA de GRIGNION MONFORT, lo expresa de una forma sublime, insistiendo, con todo en que es un misterio “Tratado de la verdadera devoción a la Virgen y Secreto de María”:
 
"Este buen maestro no se desdeñó de encerrarse en el seno de la Santísima Virgen como prisionero y esclavo de amor ni de vivir sometido y obediente a ella durante treinta años. Ante esto -lo repito- se anonada la razón humana, si reflexiona seriamente en la conducta de la Sabiduría encarnada, que no quiso, aunque hubiera podido hacerlo, entregarse directamente a los hombres, prefiriendo comunicarse a ellos por medio de la Santísima Virgen, y que tampoco quiso venir al mundo en plena madurez, independiente de los demás, sino como niño pequeño y débil, necesitado de los cuidados y la asistencia de una madre. Allí encontró Él sus complacencias durante nueve meses, realizó maravillas e hizo alarde de sus riquezas con la magnificencia de un Dios."
 
La respuesta es bien sencilla, de nuevo, como dice el Salmo (Salmo 113,11): “Todo lo que Dios quiere, lo hace” o en esas palabras, que no admiten contestación alguna, del franciscano DUNS SCOTO, reflexionando sobre otro misterio, el de la INMACULADA CONCEPCIÓN de la virgen, diciendo: “A Dios le convino, pudo hacerlo y lo hizo” y ahora sí que puedo añadir, con los vulgares “¡Y punto y pelota!”.
 
Pero antes de continuar con nuestra canción, insisitamos una vez más en las bellas palabras de San BERNARDO que antes adelantamos “¡Responde ya, oh Virgen, que nos urge! Señora, di la palabra que ansían los cielos, los infiernos y la tierra”…. Y es que todos conocemos el momento en que Cristo entregó a PEDRO las llaves del Reino, diciendo (Mateo 16,19): “Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”, pero es que antes de que a PEDRO le entregaran las llaves del Reino de los Cielos, se hacía preciso abrir la puerta, y esta potestad, en este momento sublime, le correspondió, por designio amoroso y misterioso de Dios, a MARÍA , que bien pudo abrir las puertas del Cielo, con su llave, para luego entregárselas al pobretico de PEDRO. PEDRO administra las puertas del Reino de Dios, pero MARÍA las abrió por vez primera, por medio de su “sí, quiero, hágase en mí, según tu voluntad”, y no lo digo yo, lo dice San AMBROSIO:
 
¡Bella puerta, MARÍA , que siempre se mantuvo cerrada y no se abrió! Pasó a Cristo a través de ella, pero no se abrió. Y para que aprendamos que todo hombre tiene una puerta por la cual pasa Cristo, se dice: “Elevad vuestras puertas, príncipes; elevaos puertas eternales, y penetrará el Rey de la gloria”. ¡Con cuánta mayor razón puede decirse que había en María una puerta ante la cual se sentó y por la que pasó Cristo! Esta puerta miraba a Oriente; porque difundió verdaderos resplandores aquella que engendró al Oriente y dio la luz al Sol de justicia.
 
Y ahora sí, sigue la canción, por fin podemos respirar tranquilos, María, responde a la invitación de Dios:
 
Pero si mi vida, le complace,
hágase, Señor, tu voluntad.
 
“¡Hágase, Señor, en mi tu voluntad” y regresamos al punto de partida, a la voluntad de Dios, al motivo de esta enseñanza, y a nuestro compromiso para este tiempo de Adviento, que todos podamos discernir, en nuestra vida, la voluntad de Dios, para poder responder como MARÍA “que se haga en nosotros” y para que esta Navidad, todos acojamos al Señor en nuestras vidas, más allá de poner al niño Jesús en el belén de nuestra casa.
 
¿Y cuál es la voluntad del Señor? Os preguntaréis. Dios mismo nos lo explica, comparándose con la lluvia, en estas bellas palabras del profeta Isaías (Isaías 55, 10-11):
 
Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé semilla al sembrador y pan para comer, así será mi Palabra, que sale de mi boca: No volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.
 
Y MARÍA viene en nuestro auxilio, como maestra de la fe, para ayudarnos a discernir la voluntad de Dios, ella, que como hemos visto en este pasaje, acogió la Palabra de Dios en su vida, se dejó empapar por ella, y dio la semilla en su sazón, a su hijo, Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, y con ello nos dio pan para comer, el pan que no falta, el vino que no se gasta, la vida que es eterna, y que, finalmente, con todo su legítimo dolor de madre y con sumo desprendimiento al pie de la Cruz, dejó a la Palabra, hecha carne, regresar a Dios, preñada de humanidad, después de cumplir el encargo, y haberse hecho su voluntad.
 
Que este tiempo de adviento nos comprometa a estar más atentos a la Palabra de Dios, a ese “Evangelio del Día” al que tanto cariño le tenéis, por ejemplo, y que tanto os gusta leer al comenzar la jornada, porque ciertamente “luz para mis pasos es tu palabra Señor” –como dice el Salmo (Salmo 119, 105)- y que, de esta forma, la Palabra nos ayude, día a día, a descubrir la voluntad de Dios en nuestras vidas.