viernes, 8 de noviembre de 2013

INSTRUMENTUM LABORIS: III SÍNODO EXTRAORDINARIO DE LA FAMILIA (PARTE IV)


4.- Sobre la pastoral para afrontar algunas situaciones matrimoniales difíciles.

Como no somos pastores, en el sentido de que no tenemos ninguna competencia pastoral es por lo que el siguiente bloque de preguntas para este III SÍNODO EXTRAORDINARIO SOBRE LA FAMILIA nos lo vamos a saltar "sin responder" en lo que se refiere a su sentido e interpretación pastoral; no obstante lo anterior, teniendo en cuenta que todo este bloque hace referencia, casi en exclusiva a la situación de los católicos divorciados y vueltos a casar, es por lo que vamos a expresar nuestra simple opinión:
 
Creemos que en el caso de los católicos divorciados vueltos a casar se está produciendo, si no jurídicamente, una clara discriminación eclesial "de facto" que, además, viene motivada tanto por elementos subjetivos (achacables a los fieles y a los párrocos por igual), como otros más objetivos (que dependen de factores táles como la ubicación geográfica).
 
Pensemos, por ejemplo, que la situación de un divorciado católico vuelto a casar civilmente no es la misma en un pueblo pequeño, en el que todo se sabe, y suele haber una o dos parroquias; con la misma situación transplantada a una gran ciudad, como MADRID o BARCELONA, o cualquier capital de provincia, donde es posible vivir el anonimato, si uno quiere, y en donde "la oferta parroquial" permítasenos la expresión, es más variada.
 
Evidentemente, enun pueblo pequeño, es difícil para un vecino ocultar su condición de casado, divorciado y vuelto a casar, máxime cuando, seguramente, será el mismo párroco el que haya celebrado el enlace matrimonial, asistido al deterioro de la pareja, y sea conocedor de la "nueva situación irregular". en estos casos, además, aunque pudiéramos pensar que el párroco fuera de un pensamiento "más liberal" ante esta problemática lo cierto es que, en este caso, lo que le retraiga, a la hora de admitir a la comunión, al fiel en esta situación, no será tanto su opinión al respecto, sino el "escándalo" que ello pueda provocar en el resto de la comunidad parroquial, que dado lo pequeño del pueblo, estará enterada, de todo, de la misma manera.
 
Sin embargo, en una gran ciudad, es perfectamente posible (o en casos de movilidad geográfica del fiel, que se mude por cuestiones laborales o personales) vivir el anonimato, y que la nueva comunidad parroquial, con su párroco al frente, ignoren la situación canónica de un fiel en concreto, de esta manera es perfectamente posible que dé la comunión a fieles sin saber su situación personal, o de la existencia de un matrimonio canónico previo, y aunque esto es algo que el fiel, por mor de este anonimato puede ocultar,  también es verdad que en este, como en tantos otros temas morales, en las grandes ciudades, como dijimos antes "la oferta parroquial" (o "pastoral" si se prefiere) es más amplia: Todos tenemos la experiencia, por ejemplo, a la hora de confesar (si es que no tenemos un director espiritual estable) que hay determinadas cosas que es mejor confesar con el Padre MENGANO, que es más permisivo para según que temas, que con el Padre ZUTANO, que sin embargo es mejor esquivar para otros temas diferentes; y a nadie se le ocurriría, por ejemplo, siendo de izquierdas, confesar con un sacerdote del OPUS DEI, como de la misma manera es difícil pensar que un "carca eclesial" vaya buscando el consejo del nuevo sacerdote de su parroquia, que acaba de llegar de misiones, que es jesuita y que ha trabajado en la UCA.
 
Se dice y se acusa a los fieles de que practicamos cierto relativismo moral en todos aquellos temas del Magisterio de la Iglesia que no nos interesan, pero de la misma forma la Iglesia olvida que (pese a que se supone que la fe, la tradición y el Magisterio son universales y objetivos) ella misma favorece este relativismo moral por los vaivenes de sus ministros, párrocos y representantes. De esta forma, los fieles sufren al "acostumbrarse" a una forma determinada de ser parroquia y de pensar y vivir la fe (piénsese por ejemplo en una comunidad diocesana cualquiera) y que, de repente, de la noche a la mañana, por obra y gracia del señor Obispo, ven la misma convertida en la parroquia seña de identidad, en la diócesis, del CAMINO NEOCATECUMENAL, o que se nombre un  nuevo párroco  que sea un teólogo de la liberación retronado de las misiones, y de repente los fieles "de toda la vida" sienten y experimentan que "nada de lo que les han enseñado y vivido antes" les ha servido de nada, pues "cada maestrillo tiene su librillo", normalmente, en estos casos, la nueva concesión parroquial se quedará con sus "fieles" ( los ideológicos, afines a la nueva línea parroquial) provocando la desbandada, a otras parroquias, o directamente de la Iglesia, de todos los demás.
 
Creemos sinceramente, que en el caso de las rupturas matrimoniales de matrimonios católicos, divorciados civilmente, se ha de prestar una especial atención al término de la "culpa" de cada uno de los esposos en la creación de la nueva situación. Es decir, conocemos casos en los que uno de los esposos ha hecho todo lo posible, desde su ser cristiano y creyente, por evitar la ruputura del matrimonio, pero a los que el divorcio civil (existiendo alternativas canónicas como la separación) les ha sido impuesto por la otra parte, menos creyente, o a la que menos le importa el vínculo. De esta manera, el "cónyuge inocente" se encuentra en la dramática situación de comprobar que, pese a haber querido obrar conforme a su creencia y su fe, su otro cónyuge rehace su vida, se vuelve a casar y vive "como si nada", mientras que todo ello -siendo el inocente- le es vetado, teniendo que optar por una vida de "sufriente víctima heróica" o , caso de rehacer su vida, con la recriminación moral, encima de la Iglesia. Por lo que no es en nada descabellado pensar que, si la Iglesia valorara "la culpa" de cada cónyuge en el fracaso matrimonial, pueda valorar de forma distinta (pues la justicia no consiste en la equidad ciega, sino en "dar a cada cual lo suyo"), la forma pastoral de acercarse, tratar y acompañar a cada uno de los cónyuges, levantando o moderando las actuales restricciones jurídicas y morales en el caso de los cónyuges inocentes.