jueves, 14 de noviembre de 2013

INSTRUMENTUM LABORIS: III SÍNODO DE LA FAMILIA (PARTE VI)

 
Retomamos nuestra serie de reflexiones sobre el SÍNODO DE LA FAMILIA al hilo de las preguntas presentadas en el INSTRUMENTUM LABORIS, nos saltamos en esta exposición las preguntas referentes al punto número 6, ya que hace referencia a la experiencia pastoral en la educación y catequesis de los hijos de los matrimonios rotos, siendo así que sobre este tema carecemos de experiencia como para aventurarnos a reflexionar sobre ello, por lo que seguimos al punto número 7.- Sobre la apertura de los cónyuges a la vida.
 
El Código de Derecho Canónico, al definir el matrimonio, establece claramente que “esta apertura de los cónyuges a la vida” (vulgo dice “tener hijos”) constituye uno de los elementos definitorios del matrimonio y sacramento cristiano: “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados.” (Canon 1055.1)
 
Sin embargo, sin entrar a hacer una respuesta concreta de cada una de las preguntas presentadas en el INSTRUMENTUM LABORIS, por la sencilla razón, como dijimos el primer día de que la pastoral matrimonial no constituye el quehacer de nuestra pobre comunidad de vida, lo cierto es que en lo que se refiere a la “apertura del matrimonio cristiano a la vida” basta con tener un poco el oído en la calle, a pie de acera, para entender y comprender cómo, sutilezas teológicas, morales y eclesiales al margen, al menos hay cierta crítica en lo que se considera la teoría y la praxis eclesial a este respecto.

 
Sin ir más lejos, fijémonos por ejemplo en el caso de las familias del CAMINO NEOCATECUMENAL, es verdad que el “Instituto Pontificio Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia” entregó el doctorado "honoris causa" a KIKO ARGÜELLO, su fundador, por la acogida sin reservas de la encíclica de PABLO VI “Humanae Vitae” por parte de las familias del camino, en cuya entrega se afirmaba que “Ha sido un auténtico testimonio para toda la Iglesia, mostrando que, más allá de nuestros miedos o de nuestras dificultades, es posible vivir como la Iglesia señala, como camino específico de santidad de la pareja, si hay una comunidad viva que los acompaña”.
 
Ahora bien ¿De verdad es esto lo que percibe el cristiano de a pie?  Yo mismo he visto muchas veces, yendo por la calle, matrimonios que van con sus hijos y en cuantos éstos superan más de cuatro, siempre hay alguien de entre los presentes que te da un codazo y te dice, con sorna, mientras te guiña un ojo: “¡Mira, seguro que son kikos!”, comentario que no te hacen las personas alejadas de la Iglesia (que desconocen lo que es una familia kika), sino precisamente las personas cristianas y creyentes, por lo que lejos de parecer que dan testimonio, al contrario se hacen objeto de burla e irrisión, sobretodo cuando, “rascando un poco la superficie de estas familias del camino” asistimos con frecuencia –no siempre, salvo que las mismas tengan un alto poder adquisitivo- a ejemplos de “familias numerosas, verdaderamente desalentadores”:
 
¿Es legítimo tener “cuántos más hijos mejor” a costa de que los hermanos mayores sacrifiquen su infancia y adolescencia, que en vez de ser como la de cualquier otro joven de su edad, transcurre en el servicio a sus padres y sus hermanos, como si de padres sustitutos fueran, atendiendo y cuidando constantemente al resto de sus hermanos menores? ¿Es legítimo tener “cuantos más hijos mejor” cuando la dignidad de esos hijos pasa por irse plegando siempre a las necesidades de su numerosa familia, para cuándo ropa nueva si la hereda toda de los hermanos precedentes, para cuando la ilusión de unos Reyes Magos, si hereda los juguetes, o directamente no los tiene, para cuándo la ilusión de estrenar material escolar cuando sucede lo mismo? ¿Es legítimo tener “cuántos más hijos mejor” para que sea la propia Comunidad la que tenga que sostener económicamente a estas familias, porque carecen de ropa y alimentos, haciendo crecer a la prole en la sensación de que son pobres y necesitados, cuando no hacinando niños en cuartos llenos de literas de suelo a techo, imagen que parece más la de un campo de concentración que la de un dormitorio infantil; por qué tiene que ser la comunidad la que sustente la irresponsabilidad de unos padres que siguen trayendo niños al mundo sin tener garantizado su futuro? ¿Es legítimo tener “cuantos más hijos mejor” cuando yo mismo, en mi trabajo, escuché a una de estas madres, con ocho hijos, uno de ellos con cáncer en un carro, que le decía a una de mis compañeras –que puso cara de pena al enterarse- “no pasa nada que muera, no te preocupes, me quedan los otros” convirtiendo a su hijo en un mero accidente, cosificando su preciosa dignidad de ser humano, al tiempo que hace de los hermanos “repuestos”?

Por cierto, es curioso hacer notar que no existe la misma alegría en los medios de comunicación social, ni eclesial, a los que tanto les gusta ventilar todos los estudios científicos, sociológicos y psicológicos sobre "impacto negativo en los hijos de las familias separadas y rotas", "impacto negativo en los hijos de las parejas del mismo sexo", "impacto negativo de los hijos en padres vuesltos a casar", que no se hagan eco, ni den la misma publicidad a esos otros estudios que te hablan, y haberlos haylos -como se suelde decir en GALICIA de las "meigas"- sobre "el impacto negativo en los hijos de familias numerosas" que hablan de casos de "falta de autoestima, ausencia de infancia, responsabilidades asumidas antes de tiempo, conciencia de ser un número y no una persona, ausencia de un trato y cariño parental personalizado...", pero claro, estos estudios no interesan porque perjudican "la imagen ideal que muchas veces quiere proyectar la Iglesia sobre las familias numerosas".
 
A no ser que yo esté equivocado me parece que el concepto de “paternidad responsable” no consiste en “tener hijos cuantos más mejor” sino en tener aquellos que en conciencia se van a poder atender, cuidar, nutrir, vestir, educar, todos ellos con la misma equidad, justicia y recibiendo el mismo trato, sin menoscabo de todo ello por el hecho de tener nuevos hermanos; y en lo que se refiere al “uso de medios de anticoncepción por parte de las familias católicas”, sin entrar en detalle, recordaré las palabras de aquel clérigo anglicano que, preguntado sobre el tema, respondió: “Mucho me temo, que no teniendo la Iglesia Anglicana una postura doctrinal tan rígida como la Iglesia Católica, si consulta usted las estadísticas, verá que las familias anglicanas y las católicas, por término medio, tienen el mismo número de hijos, lo que quiere decir que las familias católicas, o siguen los mismos medios de contracepción que las anglicanas, o son especialmente protegidas por el Espíritu Santo”.