domingo, 13 de enero de 2013

JORNADA DE LA IGLESIA Nº 99 DEL EMIGRANTE

 
En el piso de abajo viven, lo que tradiconalmente vendríamos en llamar, aquí en ANDALUCÍA, y sin que ello, en principio, tenga nada de peyorativo, "unos moros". Sin embargo, para que nos demos cuenta de cuán fácil es "juzgar a tu hermano" antes de conocerle, nos sucedió con ellos lo siguiente:
 
Desde que se instalaron notamos una gran afluencia de "otros moros" al piso en el que ellos viven, un trasiego constante de gente entrando y saliendo, dicho en "granaíno" ¡un auténtico chicoleo!, hasta el punto de que llegamos a creer que se trataría de alguna especie de "mezquita pirata", dado el trasiego de gente...
 
Sin embargo un día, por erro, un "joven moro" tocó a nuestra puerta preguntando por "las abuelas..." Nosotros no sabíamos qué se refería y el joven nos dio toda una serie de explicaciones:
 
"Las abuelas", en efecto, son nuestras "vecinas moras del piso de abajo", y es verdad que el sobrenombre está bien puesto, pues son una señora anciana, acompañada de su hija, también mayor, aparte del constante ir y venir de gente por su casa. Y es que, según nos contó el joven, estas mujeres tuvieron que huír de su país, paradójicamente, perseguidas por los integristas islámicos, ya que ellas son de una corriente más moderada, y el hecho de que las llamen así, se debe, a que -aparte de su edad- desarrollan una labor de atención y de socorro a todos sus hermanos desplazados en España, concretamente, en Granada, prestando atención como el piso para pernoctar, lavar ropa, dormir, descansar unas horas, dar de comer, acoger, escuchar... Lo cual no deja de tener mérito toda vez que ellas viven, de la misma manera, casi de la misma Providencia... Dios ama a todos sus hijos por igual, no nos olvidemos, y la caridad no entiende de credos, sino de necesidades humanas que hay que atender.
 
Evidentemente, aquel joven, de forma igualmente providencial, vino a sacarnos de nuestros prejuicios sobre "las moras del piso de abajo", adelantándose a las palabras del Papa BENEDICTO XVI, para esta 99 JORNADA DEL EMIGRANTE, por las que hace la siguiente reflexión:
 
Es cierto que el viaje migratorio a menudo tiene su origen en el miedo, especialmente cuando las persecuciones y la violencia obligan a huir, con el trauma del abandono de los familiares y de los bienes que, en cierta medida, aseguraban la supervivencia. Sin embargo, el sufrimiento, la enorme pérdida y, a veces, una sensación de alienación frente a un futuro incierto no destruyen el sueño de reconstruir, con esperanza y valentía, la vida en un país extranjero. En verdad, los que emigran alimentan la esperanza de encontrar acogida, de obtener ayuda solidaria y de estar en contacto con personas que, comprendiendo las fatigas y la tragedia de su prójimo, y también reconociendo los valores y los recursos que aportan, estén dispuestos a compartir humanidad y recursos materiales con quien está necesitado y desfavorecido. Debemos reiterar, en efecto, que «la solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber»
 
De esta forma si hay un mensaje, un elemento de reflexión para los cristianos en esta Jornada que la Iglesia, con su amor de madre y su sabiduría nos propone, es que aprendamos a ser capaces de dar a conocer a nuestros hermanos emigrantes el rostro del Dios, Padre Bueno del Cielo, mediante los gestos de acogida que cada uno de nosotros podamos dar.