viernes, 11 de enero de 2013

EL AMOR DE FRANCISCO POR LA PALABRA DE DIOS

San Francisco de Asís tenía la piadosa costumbre de ir recogiendo los papelillos que veía tirados por el suelo, durante sus andanzas por los pueblos y ciudades que recorriera, preguntado, en alguna ocasión, por el motivo de esta costumbre, le gustaba responder diciendo que “en esos papelillos podía encontrarse escrita alguna palabra que apareciera en la Biblia, y que precisamente por ello, no merecían que estuvieran en el suelo donde hombres y bestias podrían pisarlos sin respeto”. 

Pudiera parecer una de esas exageraciones, que tanto gustaban a los lectores antiguos, que se incluyen en las biografías y anécdotas, o “florecillas”, de los santos, aunque, lo sea o no, no deja de ser una bella anécdota que nos revela algo mucho más profundo, el amor y veneración que sentía San Francisco por la Palabra de Dios.

Aunque no menos cierto es que la anécdota no debe distar mucho de la realidad, ya que el pobrecito de Asís, il poverello, en sus escritos, dejó una recomendación al respecto, nos estamos refiriendo concretamente a su “Carta a los Clérigos” (de la que existen dos versiones, aunque en ambas da el mismo consejo) en la que claramente dice: 

Del mismo modo, dondequiera que se encuentren los nombres y las palabras escritas del Señor en lugares inmundos, que se recojan y se coloquen en lugar decoroso. (Cta Cle1, 12). 

Debemos aprender pues, a tratar la Palabra de Dios con la devoción y el respeto que se merece, de esta forma, puede que quizás, queráis aprovechar este pobre testimonio de San Francisco para buscar vuestra Biblia y comenzar a leerla un poco más, con la vista y con el corazón, pero después de leerla, no la vuelvas a postergar al olvido en la estantería o cajón donde suelas colocarla, considera mejor la opción de ponerla encima de alguna mesa, o mueble auxiliar, con un paño blanco, algunas flores y hasta una vela, abierta por donde la dejaste de leer, o por la cita bíblica que más te toque el corazón, de esta manera manifestarás también tu amor por la Palabra de Dios y, en cierto modo, es un signo de la presencia de Dios vivo, que sigue hablando hoy a su pueblo, en tu casa…